Este es un artículo de un periodista, Alejandro Rapetti, sobre un aspecto de los jóvenes postmodernos. El artículo está bueno como información. Pero además de la información quiero usarlo como disparador, me gustaría sondear en los lectores del blog el interés por el tema de la estructura de los jóvenes postmodernos. Parecen de otro planeta. Es muy difícil hacer contacto con ellos. Se manejan con códigos que no entendemos. Si a alguien le interesa el ¿por qué?, ¿cómo funcionan?, ¿qué se puede y qué no se puede intentar con ellos? o simplemente tiene un «caso» en casa, me lo haga saber y lo charlamos en posts posteriores.
Miguel tiene 17 años, vive en el Barrio Ramón Carrillo, en Villa Soldati y dejó de ir al colegio en 2009 porque debía algunas materias y terminó repitiendo el año.
«Me cansé de estudiar cosas que después no me sirven para nada. Igual, si termino de estudiar, después es muy difícil conseguir un trabajo. Ahora estoy ayudando a mi viejo con algunas changas hasta que consiga algo», cuenta.
Así como Miguel, son muchos los casos de adolescentes que ni estudian ni trabajan. La problemática se extiende también a otras partes del planeta, como España o México, donde ya se los conoce como «Generación Nini». Y hasta existe un proyecto para incorporar el vocablo al diccionario de laReal Academia Española .
En febrero de 2010, en el 47° Curso de Rectores del Consejo Superior de Educación Católica (Consudec) , el presidente de la Comisión de Pastoral Social Monseñor Casaretto, señalaba ante más de 1500 docentes que la Argentina debe «ocuparse de los 900.000 jóvenes de todo el país que no estudian ni trabajan», según estadísticas de la Cepal y la OEI.
En diálogo con LA NACION, el ministro de Educación, Alberto Sileoni, que participó de la inauguración del encuentro, negó entonces que llegaran a 900.000 los chicos de 13 a 19 años que están fuera del secundario , donde hoy estudian 3,7 millones de alumnos, aunque aclaró que compartía la preocupación y el diagnóstico de la Iglesia.
Según las estadísticas del ministro de Educación, la cantidad de chicos que no están escolarizados en el secundario asciende a 550.000. Sileoni dijo que el abandono escolar es un problema en todo el mundo y reseñó varias acciones cumplidas, como haber llevado la inversión educativa en todo el país al 6% del PBI y establecer la obligatoriedad del secundario. A esas medidas ahora hay que sumar el anuncio que el último 6 de abril realizó la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sobre los 3 millones de netbooks que serán entregadas hasta 2012 a los estudiantes de las escuelas secundarias de todo el país.
La licenciada Jazmín Gulí, psicóloga especializada en constelaciones familiares y terapias de pareja y autora del libro Amor Delivery: sexo y amor en la era del consumo (Aguilar), sostiene que en los últimos quince años las consultas de adolescentes son por estados de angustias difusas más que por vivencias traumáticas o peleas con los padres; la angustia que se despierta ante la falta de bordes definidos, de límites claros, reglas para oponerse y transgredir. Una nebulosa indiferenciada que se vio incrementada durante los últimos tres años con la solicitud de terapias para chicos de 18 a 21 años que debían materias de la secundaria, y no sabían qué seguir haciendo después. Sin saber en quién y en qué creer, o para qué esforzarse, una sensación de sin sentido acompaña a estos adolescentes.
«Entiendo que en toda transformación hay pérdidas y ganancias, y seguramente estamos yendo hacia una nueva percepción de la vida más realista en cuanto a lo incierta y frágil que es, cuando muchos de los valores anteriores se apoyaban en una idea errónea e ilusoria. Ahora, en esta transición, al perderse ciertas seguridades y garantías, se está perdiendo también el sentido, el para qué hago lo que hago si, en definitiva, nada permanece», advierte.
Para Gulí, también se puede tomar este pasaje a lo incierto como una invitación a buscar aquello que es esencial, dentro de lo cual podría mirarse al trabajo en sí como aquello que nos asemeja a la vida.
«Allí donde hay jovencitos que descreen del título de la secundaria o de los beneficios de un trabajo, habría que orientarlos a que busquen la realización en concretar su esencia, que aprendan a hacer aquello que más les gusta, en serio. Claro, lo bueno sería que les guste algo», apunta.
Para Liliana Mayer, socióloga y máster en Investigación en Ciencias Sociales (UBA – Conicet), mientras duró el Estado de Bienestar, la escuela estaba articulada a un entramado social más amplio, que suponía que una vez terminado el proceso de aprendizaje los jóvenes accederían a algún trabajo digno. Inclusive para quienes quedaban excluidos de las instituciones educativas, existían mecanismos paralelos de integración social.
«Esta situación permitía pensar en diferir la satisfacción, en pos de un sacrificio que redituaría en algún futuro cercano. Esto no es lo que sucede con muchos jóvenes en este momento para quienes no hay futuro. En este sentido hay que aclarar que el abandono escolar está relacionado con las relaciones de clase y económicas y que se expresa con mayor intensidad en los sectores populares».
Y añade: «Esto habla de los problemas que atraviesan las instituciones educativas para relacionarse con los nuevos alumnos, y también de la dificultad de sostener una rutina de sacrificio en pos de un futuro mejor, cuando no se vislumbra futuro alguno. Entonces la rutina escolar no sólo se vuelve poco atractiva -situación que se refuerza frente al formato flexible de los medios de comunicación- sino, principalmente, intolerable».
Eva tiene 19 años, vive en la villa 31 de Retiro, y dejó el colegio para ayudar a su mamá a cuidar a sus cinco hermanos cuando ella trabaja. «Mi mamá trabaja en casas de familia, y como yo soy la más grande me quedo con mis hermanitos cuando no está. Igual, el año que viene espero poder anotarme para terminar», cuenta.
En cuanto a la población Nini de la ciudad de Buenos Aires (es decir, residentes de 13 a 19 años), al momento del relevamiento de la Encuesta Anual de Hogares del 2008 (octubre-noviembre) no asistía a la enseñanza y era inactivo (no trabajaba ni buscaba) el 3,8%; si se agregan a los activos pero desocupados, el valor asciende al 5,4%. Es decir son valores bajos con respecto al resto del país.
«Hay que tener en cuenta que en el ámbito laboral éste es uno de los grupos etários más vulnerable y frágil, al que les cuesta bastante conseguir empleo debido a su escasa experiencia laboral, calificación y nivel de instrucción. Con respecto a la asistencia escolar el 89% asiste a la enseñanza formal, nivel también bastante alto, aunque menor a la asistencia al nivel primario (97,7%)», destacó por su parte Victoria Mazzeo, jefa del Departamento Análisis Demográfico de la Subdirección General de Estadísticas Sociodemográficas que depende de la Dirección General de Estadística y Censos del gobierno porteño.
En cualquier caso, estos índices hablan de una crisis de cohesión social, y de la necesidad de profundizar en la intervención de un Estado benefactor, aún con todos las críticas que se puedan hacer al caso argentino.
Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.
Me contaba un amigo, gerente de Recursos Humanos de uno de los más grandes estudios contables, que desde hace un par de años les tocan casos de chicos de 22/23 años, con excelente promedio académico, que de un día para otro faltan, sin avisar a nadie y dejan de ir a trabajar. Cuando los llama (él o alguno de sus colaboradores) para ver porqué les dice que ya no quieren trabajar más, que el trabajo los aburre o que les quita tiempo para salir o divertirse. Y ni siquiera quieren ir a enviar el telegrama de renuncia. Este amigo que tiene ya como unos 10 años en la actividad me dice que cada vez son más frecuentes estos casos. No sé si estará relacionado con lo que comenta este artículo pero esta especie de «apatía» ante las responsabilidades de la vida se me hace difícil de comprender, y eso que ni siquiera podemos hablar de diferencia generacional, la diferencia de edades es como de hermano mayor a hermano menor en una gran familia. Es un dato curioso y quería compartirlo.
Sí, Coronel, esa es una actitud típica de un joven posmoderno. La ausencia de compromiso y lo que usted muy bien llama como «apatía». Imagínese que el mensaje de todas las personas que lo rodean le dijese que usted está en el punto más pleno de su vida, que mejor que eso no hay, y supongamos que usted se lo cree: ¿Por qué querría cambiar?
¿Por qué querría crecer?¿Por qué comprometerse con un trabajo?¿Por qué cargarse de resposabilidades?. No, ciertamente que no, querría seguir en ese estado para siempre….