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Conversando con alguien que estimo saltó la frase que puse por título de este post: ¡Vos no podés hablar porque no tenés hijos! Siempre me ha pateado el hígado este tipo de recurso a la autoridad mágica de la experiencia, como si la experiencia por sí sola otorgara un carnet que habilita o no a hablar de un tema.
En realidad es un mecanismo de defensa porque se siente al otro como intrusivo en la propia realidad con sus opiniones “intelectuales”. Y puede que la persona tenga razón, puede que alguien desde su intelectualidad no haya encontrado el vehículo adecuado y empático para transmitir el mensaje y se haya comportado intrusivamente, pero eso no autoriza a bloquear toda autoridad sobre el tema, simplemente porque no tiene la “experiencia”. Es sólo una defensa, nada más, se ha percibido al otro como invasivo con sus “opiniones” y se le cierra el camino por donde se puede.
Otro tanto sucede con las falsas oposiciones entre lo intelectual y lo práctico o entre lo intelectual y lo emocional. Son falsas dialécticas.
Recuerdo que en el Norte de Brasil, debido a una fobia generalizada y cultural por lo abstracto y por lo intelectual, se hacía primar permanentemente lo práctico, que en este ambiente era el criterio non plus ultra de la perfección y de la plenitud. Por supuesto, esgrimiéndolo dialécticamente en contra de lo intelectual y abstracto, que era lo vacío y lo inútil y hasta en cierto punto lo dañino. Pura defensa, puro recluirse en la propia negación de lo intelectual para encumbrar lo propio como lo mejor. ¡Como si pudiera concebirse actividad alguna humana sin lo intelectual!
Desde que el primer hombre tomó conciencia de su propia intelectualidad creando el primer instrumento para facilitar una tarea, tal vez atando una piedra a un palo para defenderse, ya ahí la intelectualidad está presente. Hay un todo, hay un fin, y hay un medio para conseguir ese fin que se plasma en la creación de un complicado instrumento que une cosas heterogéneas: piedra, palo, improvisadas cuerdas… que incontrastablemente muestran el actuar de una intelectualidad que hace y construye al hombre en cuanto tal. Por supuesto después vendrá el “teórico de las hachas” que podrá tener razón con su ciencia o podrá equivocarse intrusivamente dando consejos desubicados al «práctico de las hachas», pero que se equivoque en su “teoría sobre las hachas”, o que la propague de un modo prepotente y no empático, no autoriza a fundar una dialéctica estéril entre lo intelectual y lo práctico…
Otro tanto dígase de las dialécticas entre lo “intelectual” y lo “emocional”, dentro de la misma psicología, no sin razón, algunas corrientes como la gestalt, han descubierto que en la corrección y sanación de conflictos emocionales el “curar de palabra” es bastante inútil… que la intelectualización es un mecanismo de defensa disociativo por medio del cual logramos controlar una situación que nos supera. Que la usamos a veces para no enfrentarnos a la emoción y escondernos detrás de las ideas y de las palabras. Por supuesto, son todos descubrimientos geniales y absolutamente cargados de verdades. Pero otra vez, no autorizan a engendrar una dialéctica dicotómica entre lo intelectual y lo emocional. Lo intelectual está siempre presente en todo acto humano en cuanto humano. La capacidad de percibir el fin y los medios para ese fin y la responsabilidad que esto conlleva no están ausentes ni siquiera en un “acting out”, ni siquiera en una pura actuación psicopática. Entonces lo intelectual está presente, no como proceso racional, sino como fundamento de una acción con arreglo a fines, aunque esos fines puedan ser dañinos o destructivos. Por tanto no cabe despreciar lo intelectual. Ni siquiera es posible desdeñar un sano disociarse en medio de un “acting out” que puede dar el espacio para controlar una acción enloquecida. Está bien “no todo es pensar” pero tampoco “todo es sentir” o mejor dicho nunca todo es “nada más que sentir”. El hombre dejaría de ser hombre si en algún lugar de su experiencia se cancelase su estar presente intelectualmente a sus actos, es justamente eso lo que llamamos psicosis.
Bueno, ya está, me desahogué, cuéntenme ustedes que opinan…
Fe de Erratas.
Alguien me hizo notar que podría entenderse de mi texto que la dialéctica emoción-intelectualidad es algo propio de la gestalt. No es así. Los principios de la gestalt están indemnes de esta dialéctica. Sí hay muchos terapeutas gestálticos que caen en esta dialéctica, pero eso es otra cosa.

Eduardo Montoro

Autor: Eduardo Montoro

Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.

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