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Este es el relato de un exorcista que me pareció muy interesante por lo sucedido, no tanto por la interpretación, que le da el mismo sacerdote, que sabe bastante ingenua. Cuando se le ordena a un demonio que hable en nombre de Jesús, según el mismo exorcista, o calla o dice la verdad. Supuestamente, según este mismo exorcista, se ve constringido desde lo sobrenatural a decir algo verdadero, no hay ulteriores espacios ni para la mentira ni para jueguitos de suplencias lingüísticas, ni restricciones mentales, que vendrían a ser lo mismo. En definitiva se ve constringido a decir algo verdadero para que quien tiene enfrente lo entienda como tal. Si no fuese así por qué habría que creer nada en absoluto de lo que dice el diablo, aunque se lo hayamos pedido en nombre de Jesús, podría estar siempre y en toda ocasión jugando con suplencias o restricciones… no sólo en el caso señalado. Por tanto no se le podría dar ningún valor ni siquiera a las respuestas obtenidas en el «nombre de Jesús»…
Pero bueno, el relato es en sí muy interesante, el valor de la hermenéutica del sacerdote júzguenlo ustedes mismos….
 
 
Nunca en tantos meses el demonio que repetía las frases que le mandaba repetir se equivocó, ni una sola vez. Dada la duración de las sesiones, dado que estaba improvisando sobre la marcha, en alguna que otra ocasión yo sí que me equivoqué. Por ejemplo, si le decía que repitiera Dios es rey. Él lo repetía. El Señor me creó, lo repetía. Pero poco a poco iba diciendo cosas que le atormentaran más, pero algunas de más complejidad teológica. Por ejemplo, si le mandaba repetir cuanto más me valiera no haber desobedecido, lo decía. Pues esta aseveración sólo implicaba el reconocimiento intelectual de que su opción le había traído perjuicios. Pero en un momento le mandé repetir me arrepiento de haberme alejado de Dios. Entonces dijo ¡no!. Yo insistí en mi orden, finalmente me dijo rabioso: si quieres lo repito, pero no es verdad.
Otra cosa interesante de observar es que cuando a un demonio se le ordena en el nombre de Jesús que responda a una pregunta, una de dos: o se calla o si responde dice la verdad. Desde luego si se insiste en el nombre de Jesús acaba diciendo la verdad, por que a veces la primera respuesta puede ser cualquier cosa.
Sólo una vez por más que le di vueltas pensé que Zabulón me estaba engañando por más que insistí en mi orden, el hecho me dejó muy perplejo. En un momento dado invoqué a varios santos. En mi oración en voz alta le pedí a la madre Teresa de Calcuta y a José María Escrivá de Balaguer que nos ayudaran. Entonces aquella voz desagradable habló, cosa extraña pues casi nunca decía nada salvo que se le obligara a hablar. Pero en esa ocasión dijo: ella sí que es una santa (la madre Teresa de Calcuta), él no (Josemaría Escrivá de Balaguer). Yo le repliqué al momento diciéndole que estaba mintiendo. El demonio me dijo: piensa lo que quieras, pero no es santo. Le dije que creía a la Iglesia, y si la Iglesia me decía que Josemaría Escrivá era santo pues lo era, y punto. Y es más, quise comprobar el poder del nombre de Cristo y le ordené que dijera la verdad. Pero ante mi sorpresa, por más que se lo ordené se mantuvo en su afirmación sin ceder.
Aquello me dejó muy perplejo. Era la primera vez que sucedía. Hasta entonces el poder del nombre de Jesús siempre le había obligado a decir la verdad. Durante un día le di muchas vueltas y al día siguiente de forma repentina me vino a la mente la respuesta. Respuesta que me llenó de alegría, porque podía seguir confiando en el poder del nombre de Jesús. Y de admiración, porque nunca pensé que el demonio podía ser tan escurridizo, tan serpentino y astuto en un simple comentario hecho tan de paso. El demonio no había rectificado porque había dicho la verdad. Cuando dijo que la madre Teresa de Calcuta era una santa se refería a que había llevado una vida santa y ejemplar. Pero cuando dijo que Josemaría Escrivá no era santo, era verdad, pues todavía no había sido canonizado. Iba a ser canonizado la semana siguiente, pero todavía no estaba canonizado. El demonio había usado esa argucia semántica para sembrar la duda. La madre Teresa era santa de facto, Josemaría Escrivá no lo era de iure. Aunque Zabulón no era Satán, Padre de la mentira, sí que era maestro del error y estaba dispuesto a usar en una frase un término en dos sentidos distintos, pero verdaderos, con tal de sembrar la desconfianza hacia la santidad hacia él, entonces, beato Josemaría y hacia el juicio de la Iglesia. Debo reconocer que su semilla diabólica, semilla que siembra la duda, hizo que desconfiara por un momento del juicio de la Iglesia, y por ende de la vida de aquel beato. Por un momento en aquella cripta bajo tierra, capilla iluminada por las velas, solos como estábamos (la madre, la posesa y yo), la siembra de la duda comenzó a echar sus malignas raíces en mi mente. No lo digo por quedar bien, pero no consentí en la duda. En cuanto vino a mi mente la advertencia del pecado que se me presentaba en aquel pensamiento, lo deseché.
Pero la duda era tremenda, era la duda acerca del juicio de la Iglesia, acerca de la vida de un santo y, en definitiva, acerca de la bondad de una institución de la Santa Madre Iglesia. Yo había improvisado sin pensarlo aquella invocación al beato, y el demonio, había añadido aquel comentario, al instante, al segundo. El conocía el más allá, él nunca había salido victorioso al poder del nombre de Jesús. Por más que le hubiera abrasado tener que reconocer la verdad y confesarla, siempre se había visto obligado al final a hacerlo. Aquel comentario venenoso que había lanzado el demonio, hubiera sido muy destructivo si hubiera habido personas alrededor menos formadas. Pero al día siguiente, cuando me vino a la mente la solución, vi con claridad que la astucia del demonio se volvía en su contra. Pues si aquel ángel caído había tratado de denigrar la santidad del nombre de aquel beato, entonces ese era el mayor elogio que podía hacerle. La mayor alabanza de su santidad era precisamente esa, el haber buscado una argucia tan as tuta, tan retorcida, para atacarle.
Meditar sobre aquello me recordaría que Zabulón era también un teólogo. Aquel ser que se retorcía, gritaba y aullaba, sabía más Teología que yo. Y en un segundo había formado una frase cuya primera parte era verdadera de hecho y cuya segunda parte era verdadera de Derecho. Según se interpretara aquella frase era cierta la visión tradicional de la Iglesia o por el contrario era cierta una visión según la cual los juicios de la sede de Pablo podían ser errados, sus santos pecadores, y sus instituciones malas. Y además se me presentaba la sencillez y santidad de la Madre Teresa frente al juicio de la Sede Apostólica. No podía decirse más, en menos. Afortunadamente, una argucia del Maligno cuando es descubierta y expuesta a la luz reafirma más justo aquello que trata de negar. Y a veces la sombra de una gran duda puede ser tan nefasta como la rotundidad de una pequeña negación.
Fortea J. A.N., Summa Daemoniaca, Madrid, Dos latidos, 2004, pp. 265-266
 
 
Eduardo Montoro
Autor: Eduardo Montoro

Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.

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