Me sorprendió este artículo de Inger Enkvist, que iré publicando por parte, porque me libera de la entronización de la estupidez en el mundo contemporáneo por medio del ensalzamiento acrítico de lo práctico. Cuando estuve en Brasil recibí la primera bofetada de la instauración del práctico como ideal social, en su momento pensé que era un problema cultural regional, pero viendo la tendencia universitaria a substituir la investigación por el entrenamiento práctico me dí cuenta que es un fenómeno universal. La acción enana que atonta y que se ufana orgullosa de no ser abstracta.
Por
Inger Enkvist
Catedrática de la Universidad de Gotenburgo
Hoy en día hablamos de manera continua en términos de educación, de progreso científico y de mejoras de distinta naturaleza, pero ¿realmente existe dicho progreso? Con la ayuda de pensadores españoles y francófonos, este texto propone una reflexión sobre el concepto de la estupidez y la influencia del fenómeno en diferentes campos.
Para comenzar, acudo al pensador francés JeanMichel Couvreur que introduce una primera distinción a tener en cuenta cuando propone hablar de «ininteligencia» a propósito del niño pequeño que todavía no ha madurado lo suficiente como para lograr poseer inteligencia. De igual forma, se debe también distinguir la estupidez de la simple ignorancia cuando ésta radica en la mera falta de información sobre alguna cuestión que una persona tampoco pretende o debe conocer. La verdadera estupidez se caracteriza por la ausencia de un conocimiento que se debería poseer o, aún más, que se pretende conocer y, además, no existe en el sujeto una preocupación por cubrir esta carencia. Para Couvreur, en definitiva, la estupidez consiste en una inmovilidad intelectual que corresponde a un suicidio intelectual.
En opinión de Jacques Barzun, historiador de la cultura y decano en la Universidad de Columbia, la inteligencia es individual pero el intelecto es colectivo porque necesita una tradición, una educación, una red de bibliotecas y revistas y unas instituciones como las universidades. Barzun ha observado la presencia de un profundo «antiintelectualismo» en los países occidentales durante el siglo xx. Cree que lo que atrae a las masas es el arte y no la ciencia. La idea de que tiene poca importancia el sentido de una obra o de una expresión se ha extendido cada vez a más áreas. Los jóvenes no reciben una educación intelectual adecuada porque no se les obliga a trabajar sobre materiales intelectuales. Incluso entre los que se consideran intelectuales reina la confusión. Piensan en sí mismos como intelectuales pero quieren vivir como artistas, dice Barzun.
El historiador francés afincado en Nueva York afirma que los jóvenes están más influidos por los medios de comunicación que por la escuela y que, como todo lo que ocurre en los medios se debe poder entender enseguida, no dan ninguna importancia a la irrelevancia propia de la mayoría de los contenidos difundidos. Los jóvenes no descubren el valor de los conocimientos y, de esta manera, la educación llamada democrática lleva a una actitud escéptica, negativa, reacia al esfuerzo. El lema de algunos alumnos frente el profesor parece ser: «Enséñame si puedes!». Frente a esto, un país que quiera tener ciudadanos inteligentes deberá cuidar de sus instituciones intelectuales y en primer lugar de su escuela.
El filósofo francés Adam realizó hace varias décadas un estudio sobre «la estupidez» en el que enumera algunas características del sujeto-el estúpido– que se caracteriza por ostentar dicha «virtud»:
• No se interesa por el conocimiento.
• No acepta el esfuerzo.
• No toma en cuenta la realidad.
• Sus limitaciones no le molestan sino que es feliz en su estado.
En lo epistemológico, el estúpido da importancia a lo que no la tiene, a lo fútil, lo evanescente. Explica fenómenos banales que no necesitan explicación. No aprende cosas nuevas sino que se repite. En una discusión, no se apoya en argumentos. Le gusta lo superficial y no echa de menos otras dimensiones del pensamiento.
En lo social, el estúpido usa las palabras sin poner atención en su sentido. Se niega a prestar atención a las razones expuestas por los otros. No toma en cuenta la realidad. Convierte en víctimas a las personas sensatas, expuestas a su torrente de palabras. Adam no duda en calificar la estupidez como una agresión contra la sociedad. El estúpido llega a ejercer un «terrorismo intelectual» sobre su entorno porque, en la conversación, impone lo irrelevante, salta entre temas y continuamente se autoelogia. El ser inteligente, por el contrario, muestra una disponibilidad hacia lo real. Adam subraya que reconocer las limitaciones propias en cuanto a los conocimientos es estar ya en camino de aprender. De igual modo, reconocer un error moral es el acto de un ser moralmente superior. El uso de la razón y de la moral es lo que posibilita un verdadero encuentro entre las mentes.
Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.
En el hablar cotidiano de la gran masa se nota esa carencia de lo universal. Que no es de lo «intelectual» racionalista, sino de la línea media del vocabulario que hasta los pregoneros ambulantes conservaban
Los arquetipos, faltan arquetipos. Arquetipos del habla. «Los límites de mi ser son los límites de mi lenguaje», dijo Ludwig Wittgenstein.
Recuerdo una entrevista que otrora hiciera Chiche Gemblung a Alejandro Dolina. El Negro describía el fenómeno de determinadas personas que, llegada cierta etapa de su vida, no podían expresarse sino recurriendo a un acervo de cincuenta palabras. Chiche escuchaba. Y el Negro remató: «pero lo peor es cuando esas personas son puestas como modelo de imitación». «Si lo de expresarse con cincuenta palabras es una verdadera desgracia para una persona, para el que lo propone como modelo de la ciudadanía constituye una verdadera canallada».
Gemblung no pudo atajar la estocada fatal.
Lo peor es cuando en lo que debería ser la catedral del intelecto, la Universidad, se impone el modelo «práctico», el entrenamiento por encima de la investigación, aquí en San Juan se acaba de substituir la tesis por prácticas profesionales. Con el tiempo tendremos cada vez profesionales más limitados incapaces de mirar la realidad con inventiva y luz intelectual propia. Pero bueno, qué me quejo, menos competencia….
En este mismo sentido va la progresiva eliminación de materias teóricas. En la UCA, por ejemplo, Zecca impulsó la eliminación de horas de filosofía y teología en carreras como las de Ciencias Económicas. Además, en los planes de estudio se buscó también sacar temas teoréticos y reemplazarlos por prácticos, investigaciones, trabajo de campo, etc. Esto no es privativo de la UCA pero quizá aquí chocó más (en unos pocos a decir verdad). La universidad actual, gracias al lobby de las empresas y las consultoras de recursos humanos, ha dejado de ser universidad en sentido propio para convertirse en instituto técnico. Y el universitario se ha proletarizado convirtiéndose en mano de obra especializada.
Lo paradójico es que en cualquier biografía que uno lea de, por ejemplo, grandes empresarios de la actualidad (Warren Buffet, Bill Gates, George Soros, etc.) ellos mismos dicen que estos técnicos con título universitario no les sirven, puesto que carecen de criterio propio, limitándose únicamente a «saber hacer» siempre lo mismo, cosa que a las empresas modernas no les sirve.
Me serviría mucho tener esas citas de las que habla Coronel…
Es sorprendente (estúpido) que la raiz de la palabra estúpido denote fijeza, y que pueda usarse en latín para expresar el asombro y la rigidez del que aguanta ante el peligro o la pena. «Stabat mater eius…», dicho de la Virgen.
Y que «Stultus» tenga, más que «Stupidus», caracter peyorativo en latín.