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«Sanando una herida en el corazón de la Iglesia y la Sociedad»

‘La verdad os hará libres’:
Escuchando, entendiendo y actuando para sanar y empoderar a las víctimas
Marie Collins y Sheila Hollins

Sheila
Introducción
Se nos ha pedido hablar acerca de los retos que enfrentan las víctimas en su experiencia y recuperación del abuso sexual de los clérigos. Yo me presentaré, y la Sra. Collins lo hará después. Ambas os queremos agradecer vuestra disponibilidad y apertura para escuchar las experiencias de las víctimas.
Yo hablo como psiquiatra con más de 35 años de experiencia clínica, al inicio como psiquiatra de niños y familias, y después como psicoterapeuta e investigadora interesada en el trauma y el abuso sexual, y como psiquiatra especialista que ha trabajado con personas con discapacidades intelectuales y personas con autismo. También hablo como la madre de dos hijos adultos discapacitados. Mi experiencia familiar ilumina mi comprensión de los desafíos que las víctimas y sus familias enfrentan, incluyendo el sobrellevar un trauma severo y una agresión. En el 2011 el Cardinal Cormac Murphy-O’Connor me invitó a asistirlo en la Visita del Vaticano a la Diócesis de Armagh, en Irlanda. Participé en todas las reuniones, privadas y públicas, llevadas a cabo durante la Visita en un periodo de dos semanas y media en el 2011. Fue ante todo un ejercicio de escucha el oír hablar del abuso sexual por parte de clérigos por boca de las víctimas y sus familias, de los feligreses, sacerdotes, religiosos y otros.
Mi contribución a nuestra presentación compartida se basa en gran medida tanto en mi experiencia personal como profesional.
Lo que intentaremos mostrar en los próximos minutos es cómo el que no se crea en uno, o peor, el ser culpado por el abuso, incrementa enormemente el sufrimiento emocional y mental causado por el abuso sexual, y cómo el hecho de que un abusador no admita su culpa, y que sus superiores no tomen la acción apropiada, agrava aún más el daño. También atenderemos a la dimensión extra del abuso de poder espiritual.
Empecemos por definir lo que queremos significar por abuso. Estamos hablando de cualquier violación de límites íntimos, incluyendo el tacto inapropiado con motivaciones sexuales, comprendiendo hasta la violación. La frase ‘agresión sexual’ puede expresar mejor la terrible realidad que simplemente hablar de abuso. No pongáis en duda la importancia de atravesar estas fronteras. Cualquier intrusión en un espacio corporal privado puede ser tan traumática como una herida física. No se puede excusar sencillamente como exceso de familiaridad.
¿Entonces qué es lo que hace alguien vulnerable al abuso?

 

Hay algunas cosas específicas al niño y otras a sus padres o cuidadores. La ignorancia acerca de sus cuerpos y en particular sus genitales es sin duda un factor de riesgo. Una mujer víctima de abuso siendo una niña pequeña refirió cómo no tuvo el lenguaje para esa parte de su cuerpo hasta que llegó a la edad adulta. Pensó que habría sido más fácil decírselo a su madre de haber sabido algo del lenguaje anatómico.
Por lo general es inútil exhortar a no frecuentar gente extraña, sin ofrecer ninguna explicación acerca de lo que el desconocido podría hacer, sobre todo porque el abuso y la violación ejercidos por desconocidos son raros. La mayoría de los abusos se debe a alguien inserto ya en el círculo familiar o de amigos. Suele ser un adulto: alguien más grande, más fuerte o con una posición de autoridad como un padre, un hermano, y más raramente un maestro o un sacerdote. En el caso de un sacerdote hay un nivel adicional de confianza y respeto, lo que hace que la revelación de los abusos sea aún más difícil.
Aprender a mantenerse seguro incluye aprender a estimar el gran valor del propio cuerpo y la conciencia de que es algo personal y privado. A los niños se les enseña a mantenerse físicamente seguros– ten cuidado, te puedes caer y hacerte daño; mira a ambos lados antes de cruzar la cale o, un coche te puede atropelar, y así sucesivamente. Aprender a mantenerse sexualmente seguros requiere una apertura y precisión semejantes sobre los riesgos – dile a mamá si alguien quiere mirar o tocar tus partes privadas, aunque digan que es un secreto. Nombrar el riesgo prepara mejor al niño.
En mi trabajo con niños y adultos con discapacidades intelectuales, he visto lo difícil que es prepararlos con el conocimiento y las habilidades que necesitan para mantenerse a salvo de un depredador sexual. Tal ignorancia no se limita a personas de capacidad cognitiva limitada, ni sólo a algunas culturas.
La ignorancia por parte de sus padres y cuidadores sobre los riesgos que algunos adultos presentan – ya sean amigos o extraños- es también un factor importante. Y muchos padres y maestros no reconocen los síntomas y signos del abuso. Por ejemplo, pueden regañar a un niño por masturbarse, pero no preguntar si alguien ha tocado o lastimado sus genitales.
Algunos padres son particularmente ingenuos, como por ejemplo una madre soltera con dificultades sociales o de aprendizaje, tal vez sin el apoyo de la familia más amplia, que mientras lucha para tirar adelante, puede entablar amistad con un pedófilo que ve a sus hijos como un blanco fácil. Para algunos niños la negligencia o descuido por parte de uno de los padres es también un factor de riesgo. La mayoría de los padres tienen una capacidad de sospecha casi nula cuando se trata de una figura de autoridad respetada como un sacerdote, y el poder espiritual adjudicado a un sacerdote les lleva a tener absoluta confianza–o ha llevado a tal confianza en el pasado antes de que la conciencia de la posibilidad de abuso sexual clerical había sido planteada.
Ahora voy a invitar a Marie para que comparta su parte de la historia con vosotros.
Marie

Yo fui víctima de abuso sexual clerical. Acababa de cumplir trece años y estaba en mi momento más vulnerable, una niña enferma en el hospital, cuando un sacerdote abusó

 
sexualmente de mí. A pesar de que han pasado más de cincuenta años es imposible olvidarlo y nunca podré escapar de sus efectos.
Como era común en los niños de esos días, no tenía conocimiento de asuntos sexuales, esta inocencia se añadía a mi vulnerabilidad. Tomaba mi religión católica muy en serio y acababa de hacer mi confirmación. Yo estaba enferma, ansiosa, lejos de casa y mi familia por primera vez. Me sentí más segura cuando el capellán católico del hospital se hizo mi amigo, me visitaba y me leía por las noches. Por desgracia, estas visitas por la noche a mi habitación cambiarían mi vida.
Este capellán había salido del seminario a penas un par de años, pero ya era un experto abusador de menores; yo no podía saber esto. Yo había aprendido que un sacerdote era el representante de Dios en la tierra y por lo tanto automáticamente tenía mi confianza y respeto. Cuando empezó a interferir sexualmente conmigo, fingiendo al principio, que estaba siendo juguetón, me sorprendió y me resistí, diciéndole que parara. No se detuvo. Mientras me agredía respondía a mi resistencia diciéndome que «él era un sacerdote», «no podía hacer nada malo.» Él tomó fotografías de la parte más privada de mi cuerpo y me dijo que era «estúpida» si yo pensaba que estaba mal. Él tenía poder sobre mí. Me sentí enferma, sentí que todo lo que estaba haciendo estaba mal, pero yo no podía parar, no llamé, y yo no le conté a nadie. Yo no sabía cómo decírselo a nadie. Sólo rezaba que no lo volviera a hacer       pero lo hizo.
El hecho de que mi abusador era un sacerdote añadió a la gran confusión en mi mente. “Los dedos que abusaban mi cuerpo la noche anterior eran los mismos que me ofrecían la sagrada hostia la siguiente mañana.” Las manos que sostenían la cámara para fotografiar mi cuerpo expuesto, a la luz del día eran las manos que sostenían un libro de oraciones cuando venia a escuchar mi confesión. La afirmación de mi abusador de que él era un sacerdote y por lo tanto no podía equivocarse sonaba como verdad en mi, se me había enseñado que los sacerdotes estaban por encima del hombre normal. Esto añadía mayor peso a mis sentimientos de culpa y la convicción de que lo que había pasado era culpa mía, no suya. Cuando salí del hospital, no era la misma niña que había entrado. Yo ya no era una niña segura de sí, despreocupada y feliz. Ahora estaba convencida de que era una mala persona y que tenía que ocultar eso ante todo el mundo.
No me volví contra de mi religión, me volví contra mí misma.
Las palabras que este sacerdote había utilizado, para transferir su culpa a mí, me robaron todo sentimiento de autoestima. Me retiré a mi misma, me aparte de mi familia y de mis amigos, y evitaba el contacto con los demás. Mis años de adolescencia los pase sola, manteniendo con todos una distancia por miedo de que se enteraran de la persona mala y sucia que era. Esta sensación constante de culpa e inutilidad me llevó a una profunda depresión y problemas de ansiedad que llegaron a ser lo suficientemente graves como para requerir tratamiento médico, cuando llegue a tener diecisiete años. Hospitalizaciones largas por causa de la depresión siguieron y esto me dejó incapaz de seguir una carrera.
A los veintinueve años me encontré con un hombre maravilloso, me casé y tuvé un hijo. Pero todavía no podía hacer frente a la vida, la depresión, la ansiedad severa y los sentimientos de inutilidad continuaban. Desarrollé la agorafobia, es decir, no podía salir de mi casa sin sufrir severos ataques de pánico. No pude darle a mi hijo toda la atención que
una madre debería y no pude gozar plenamente de su infancia. Sentí que era un fracaso como madre y esposa. Sentí que mi marido y mi hijo serían mucho más felices si les dejara o si muriera.
Sheila
Marie había guardado el secreto doloroso para ella misma.
¿Por qué las víctimas no denuncian para poner fin a su calvario?
Las víctimas de abuso se sienten a menudo sucias y avergonzadas, pensando que es su propia culpa, y de hecho, su abusador puede decirselos, como fue el caso que Marie experimentó. Es posible que se les haya dicho que algo malo les pasaría si le contaran a alguien lo que les ha sucedido, o que el abusador se metería en problemas. Este es un problema particular, si el abusador es un padre o un hermano, cuando el niño quiere que el abuso se detenga pero no quiere romper la familia. Por otro lado el abusador puede decirles que su relación es especial y amorosa, y que es su secreto compartido, y decirle a alguien lo estropearía, o incluso que su hermana o su madre u otro compañero de clase o monaguillo se pondrá celoso. Muchas víctimas dicen que no podían decirle a sus padres acerca de su abuso por un sacerdote porque era una persona respetada y no podía hacer nada malo a los ojos de sus padres. El temor de que no se les crea, o de ser castigados por decir mentiras «repugnantes» significa más probablemente que un niño mantendrá el secreto terrible en vez de ser capaz de revelarlo a un adulto de confianza.
Algunas mujeres jóvenes están confundidas por sus reacciones a la intimidad sexual con un hombre. Una adolescente, halagada por la atención de un hombre, le permitió tener sexo con ella durante muchos meses, pero él la culpó por lo que había sucedido. Imagínense si el hombre fuera también su sacerdote y confesor, y utilizara su autoridad espiritual para asegurarse de que su delito sexual se mantuviera en secreto.
Las víctimas temen con razón que no se les creerá. A veces, después de no ser creído, un niño puede hacer acusaciones infundadas y más elaboradas; alegaciones que se podrán refutar, por lo que luego los muestra como mentirosos o testigos poco fiables. Un resultado triste cuando el niño había tenido una queja real que no se le escuchó.
Peter fue abusado repetidamente física, emocional y sexualmente como un niño pequeño con una discapacidad mental, y luego fue admitido a la atención residencial a causa de problemas de conducta. Más tarde, en la edad adulta, Peter frecuentemente acusaba el personal y otros residentes de abuso, pero nunca fue creído. Sólo cuando se le tomó en serio en la psicoterapia, comenzaron a desaparecer sus flashbacks de su abuso en la niñez y sus acusaciones de abuso actual cesaron. El que se le creyera fue el primer paso en el camino hacia su recuperación.
Entonces, ¿cómo reaccionan emocionalmente y en su comportamiento al abuso, los niños y los adultos vulnerables? Por lo general las niñas se vuelven más introvertidas y los niños se vuelven más agresivos. Ambos sexos son propensos a mostrar comportamiento sexual inapropiado a su edad y esto debería ser una señal para estar atentos a la posibilidad de abuso. Ahora sabemos que los adultos que sufrieron abusos cuando eran niños sufren más enfermedades mentales, incluyendo depresión, ansiedad y desórdenes de personalidad. Cuando no se les ha creído, pueden ser percibidos como poco fiables y pertu rbados.
En la escucha que vosotros habéis hecho en preparación para esta semana, habréis conocido gente cuya credibilidad cuestionabais. Usted podrá pensar que es un buen juez de carácter y fiabilidad de un testigo, pero es fácil equivocarse cuando alguien ha sido abusado en el pasado. Su propia capacidad emocional para escuchar lo que realmente ha sucedido a ellos puede ser una barrera que hace que sea muy difícil para que la víctima le dé a conocer su experiencia de abuso. Si usted ha sido intimidado o traumatizado, esto también puede ser una barrera para conocer el informe de asalto del otro.
Una minoría de los niños tendrán tanta dificultad en recuperar el sentido de identidad propia que abusaran de sus posiciones de poder sobre niños más pequeños o más vulnerables en un intento de tomar control de su propia experiencia de trauma. Pasando de la posición y la experiencia de impotencia y terror, se convierten en poderosos que tienen control– el mismo mecanismo que se ha entendido bien como una respuesta psicológica a la intimidación.
Daré dos ejemplos de niños que intentaron transformar su propia experiencia de ser una víctima en algo que les daba una sensación de estar en control. Es posible imaginar que algo similar suceda a un niño abusado por un sacerdote cuando era un monaguillo, y después abusando de otros niños cuando él llegue a ser sacerdote.
Billy fue abusado de niño, y empezó a abusar de los niños más pequeños cuando era un adolescente. No podía comenzar a sentir empatía por sus propias víctimas hasta que la terapia respondiera a su propia experiencia emocional como una víctima impotente. ¿Cómo podía ponerse en el lugar de otra persona cuando nadie había creído o se había puesto en su lugar y con su propio terror como una víctima?
O Brendan cuyo padre había muerto cuando él tenía 6 años, y luego fue abusado por el novio de su madre, un hombre que cuidaba de él regularmente cuando tenia la edad de 7 a 8 años. Lamentablemente Brendan era uno de la minoría de los niños abusados que llegó a abusar de otros. Él había «olvidado» su propio abuso hasta que fue arrestado por cargos de pornografía y más tarde por preparar a una chica adolescente en el Internet y encontrarse con ella para tener sexo. Su madre recordó que su ex novio había sido declarado culpable de abusar de otros niños, pero ella nunca se le había ocurrido el riesgo bajo el que había puesto a su propio hijo.
¿Cuáles son los efectos a largo plazo del abuso?
Muchas de las personas que conocí en Irlanda, con +Cormac, habían estado llevando los efectos del ASC por muchos años. He oído que algunos habían tratado de decirles a sus padres en el momento que estaba pasando el abuso, pero que sus padres se habían negado a aceptar la alegación. Al encontrarse con los visitantes, buscaban ser oídos, tal vez por la primera vez desde que había sucedido.
Cuando una persona que ha sido abusada se acerca, sea quien sea el presunto autor del delito, casi puedo ver el algodón metafórico en el que están envueltos. Sean solteros o casados, laicos o religiosos, a casi todos se les ve una profunda vulnerabilidad. Con respecto al ASC, creo que muchos mantienen el secreto hasta que la cobertura de los medios de comunicación los lleva a estar tan preocupados con su propia historia, que se descomponen y finalmente encuentran el valor para hablar. Estas personas están enojadas, enojadas de que pocas personas realmente les creen incluso ahora, enojadas
por su inocencia perdida, enojadas por el efecto sobre su vida cotidiana como pesadillas, incapacidad para disfrutar de una relación sexual, un rechazo a tener hijos propios – por temor a que se conviertan en un abusador o que sus hijos podrían ser objeto de abuso. A las víctimas les resulta difícil confiar en otras personas, y esto tiene un impacto devastador en su capacidad de formar amistades y tener relaciones íntimas, y afecta también a sus relaciones de trabajo. Influye en su elección de carrera. Lleva a muchos a dar la espalda a la Iglesia y a perder su fe.
El abuso ha afectado a muchos sacerdotes también. Muchos sacerdotes han hablado públicamente acerca de cómo su propia experiencia de ser víctima de un depredador sexual, ha contribuido tanto a su incapacidad para comprender su sexualidad como a su decisión de ser célibe como sacerdote. Un sacerdote en terapia conmigo habló acerca de su abuso como seminarista menor en Irlanda, y su creencia de que él se lo merecía porque su madre había muerto en el parto. Él era ignorante acerca de cuestiones sexuales y no tuvo contacto con niñas durante sus años de adolescencia. Encontró su primera parroquia como cura extremadamente difícil y años más tarde se sintió enojado de que había hecho un voto de celibato, sin tener ningún conocimiento sobre la sexualidad humana. Decidió seguir siendo un sacerdote, pero más tarde tuvo una crisis cuando su superior salió para casarse.
Marie nos hablara del efecto que la mala gestión por las autoridades de la Iglesia ha tenido en su fe
Marie
Tenía cuarenta y siete años cuando hablé de mi abuso, por primera vez, a un médico que me trataba. Él me aconsejó que advirtiera a la Iglesia acerca de este sacerdote. Organizé una reunión con un cura de mi parroquia. Yo estaba muy nerviosa. Era sólo la segunda vez que yo hablaba con alguien acerca de lo que me había sucedido. Este sacerdote se negó a tomar el nombre de mi agresor y dijo que no veía la necesidad de denunciar al capellán. Me dijo que lo que había sucedido era probablemente mi culpa. Esta respuesta me destrozó.
Apenas había empezado a aceptar, a través de la ayuda de mi doctor, que yo no había hecho nada para causar mi abuso. Ahora que me dice este sacerdote que «probablemente era mi culpa.», hizo resurgir todos mis viejos sentimientos de culpa y de vergüenza. Yo no podía enfrentar nuevamente el tema entonces dejé de ver a mi médico. La respuesta de este cura sirvió para mantenerme en silencio por un período de diez años más, más años de estancia en el hospital, más medicamentos y desesperanza. Más tarde le dijo a la policía que no tomó el nombre de mi abusador, porque eso era lo que le habían enseñado en el seminario.
Diez años más tarde hubo una amplia cobertura en la prensa de los abusos sexuales en serie por un sacerdote católico. Por primera vez empecé a comprender que el hombre que había abusado de mí podría haber hecho lo mismo a otros. Pensando que era algo en mí que causó que ocurriera, nunca había considerado que mi agresor podría haber hecho daño a otros. Entonces entendí que tenía que volver a intentar hacer público lo que había sucedido, para proteger a otros niños. Esta vez decidí ir a los superiores con la certeza que, en cuanto supieran sus superiores sabrían que este sacerdote era un posible peligro
para los niños. La seguridad de los niños sería primordial, y cada paso se tomaría para asegurar que no se verían perjudicados.
Le escribí a mi arzobispo y luego le di detalles de mi abuso a su canciller, un monseñor y canonista. Esto comenzó los dos años más difíciles de mi vida. El sacerdote que había abusado sexualmente de mí estaba protegido por sus superiores de ser acusado. Le dejaron durante meses en su ministerio parroquial, que incluía dar tutoría a los niños que se preparaban para la confirmación – la seguridad de los niños ignorada por sus superiores. Todo esto iba en contra de las directrices de la Iglesia católica irlandesa en materia de protección infantil de la época – que fueron ignoradas. Desde entonces, ha salido a la luz que estas directrices fueron puestas en duda por la opinión del Vaticano de que es posible que no cumplan con el derecho canónico. Mi Arzobispo me dijo que no tenía que seguirlas, a pesar de que a la gente se les decía que se estaban siguiendo a la letra.
Me trataron como alguien con una agenda en contra de la Iglesia, la investigación policial fue obstruida y los laicos fueron engañados. Yo estaba angustiada.
No podía creer que los líderes de mi Iglesia pensaran que era moralmente correcto dejar a los niños en situación de riesgo.
El sacerdote acusado había admitido su culpabilidad a la diócesis, pero durante una reunión con mi Arzobispo me enteré de que su prioridad era la protección del «buen nombre» de mi abusador. Le pregunté cómo podía dejar a un abusador conocido en una posición de confianza con los niños? En vez de responder a la pregunta él me amonestó por hacer referencia de este sacerdote como «un abusador» insistiendo en que fue hace mucho tiempo y que no podía llamarlo así. El arzobispo consideraba mi abuso «histórico» así que sentía que sería injusto manchar el «buen nombre» del sacerdote ahora. He oído este argumento de otros en el liderazgo de la Iglesia Católica y siempre existe la ceguera al riesgo actual para los niños de parte de estos hombres. ¿Por qué?
Cuando revelé mi abuso a las autoridades del hospital donde se llevó a cabo, recibí una respuesta muy diferente. Ellos estaban preocupados por mi bienestar, ofreciéndome consejería y atención, mientras que inmediatamente informaron a la policía y cooperaron con la investigación.
Después de una larga lucha mi abusador fue llevado ante la justicia y encarcelado por sus crímenes contra mí. Mi caso es un ejemplo de cómo los llamados «reportes históricos» deben ser tratados tan seriamente como los actuales. Mi agresor fue encarcelado de nuevo el año pasado por repetidas agresiones sexuales a otra joven. Estos asaltos se llevaron a cabo un cuarto de siglo después de que él abusó de mí y cuando todavía era un sacerdote de confianza en su parroquia. Amenazó a su víctima de que su familia católica sería expulsada de la Iglesia si le contaba a alguien lo que estaba haciendo con ella.
Estos hombres pueden abusar por toda su vida dejando tras de sí un rastro de vidas destruidas.

El mal manejo de mi caso, por el liderazgo de la Iglesia llevó a un colapso total de mi confianza y respeto en ellos y en mi Iglesia, que hasta entonces había sobrevivido intacta

a pesar de las acciones de mi abusador. Lo que habían hecho era contrario a todo lo que apreciaba. Yo había creído que la justicia y la centralidad de la ley moral se plasmaban en mi Iglesia Católica.
La muerte final de cualquier respeto que pudiera haber sobrevivido en mí hacia mis líderes religiosos llegó después de la condena de mi abusador. Me enteré de que la diócesis había descubierto, pocos meses después de mi abuso, que este sacerdote estaba abusando de niños en el hospital, pero no hizo nada al respecto, salvo moverlo a una nueva parroquia. Esto estaba en su archivo cuando hice mi informe, pero a pesar de saber esto todavía lo habían protegido.
Después del juicio, el Arzobispo emitió un comunicado de prensa para tranquilizar a los laicos diciendo que «la diócesis había cooperado con las autoridades civiles» en mi caso. Al ser presionados sobre esta obvia mentira el representante diocesano, admitió que a su juicio la declaración estaba justificada, ya que no dijo que había cooperado «plenamente». ¿Cómo podría yo creer en cualquier cosa que dijeran mis líderes de la Iglesia en el futuro, sabiendo que eran capaces de este tipo de gimnasia mental? o conocido en la Iglesia como «reserva mental».
Sheila
Como Marie tan elocuentemente ha explicado, el trauma del abuso se agrava cuando las instituciones de atención infantil y de la iglesia de confianza fallan en implementar procedimientos de protección de los niños. No basta con tener las directrices en vigor a menos que se sigan abierta y rigurosamente.
En Irlanda se dice que muy pocas personas han tenido algún asesoramiento o terapia. Se cree que muy pocas habían recibido una disculpa, y casi ninguna había recibido una indemnización. Pero en mi experiencia la falta de una admisión de culpabilidad y de una disculpa por lo general es el principal obstáculo para la curación y recuperación.
Como persona de fe, soy un gran creyente en el poder del perdón como un agente cu rativo.
Pero el perdón rara vez se logra sin la confesión y la reparación. Como psiquiatra y psicoterapeuta también creo en la eficacia terapéutica. Pero he encontrado que como terapeuta mi trabajo no puede comenzar propiamente hasta que la justicia se haya logrado y entonces llamo a mi enfoque profesional, la psicoterapia de defensa. Soy consciente de que la consejería y la psicoterapia son recursos escasos en muchos países.
Por ejemplo, María, una joven con síndrome de Down había vuelto retirada y muda después de haber sido violada en su centro de atención. El hombre que la violó a su vez había sufrido abusos cuando era niño. A María se le negó quedarse más en el centro, y se le pidió también que se mantuviera alejada del centro que él también frecuentaba. Su agresor continuó usando estos servicios. Sus padres pensaron que esto era injusto, pero María tenía miedo de salir y no se quejaba. Antes de tratar de involucrar a María en la terapia era importante restablecer su propio acceso a los servicios de guardería. Yo sé de un caso similar de un niño autista que fue violado por un miembro del personal de una escuela católica y de su exclusión, cuando su familia expresó su preocupación por él. La justicia también es necesaria para las víctimas de abuso sexual del clero.
Vamos a terminar repitiendo los puntos claves con los que comenzamos: que el hecho de ser creído es de por sí curativo, especialmente si se asocia con una admisión de culpa o responsabilidad, y más aún si hay un intento de reparación. Pero este tipo de justicia es sólo el comienzo. La recuperación es un proceso lento y algunas personas nunca se recuperan completamente de un abuso profundo de poder y confianza cuando estaban en su punto más vulnerable, especialmente cuando el abusador era un sacerdote. Apoyo continuo y amistad y el deseo de escuchar una y otra vez al enojo y a la fragilidad que queda requerirá mucha paciencia porque la curación para algunas personas es una esperanza muy lejana …
Marie hará un punto final sobre su propia recuperación y cómo la admisión de su culpa por parte de su abusador fue clave.
Marie
He vivido una vida por más de treinta años, donde el día tras día era una lucha. Yo pensaba que eran años perdidos, una vida desperdiciada. Tuve muchos tratamientos para mis problemas de salud mental, algunos de los cuales fueron útiles, pero no resolvieron mi problema. El inicio de mi recuperación fue el día en la corte cuando mi agresor tomó la responsabilidad por sus acciones y admitió su culpabilidad.
Este reconocimiento tuvo un efecto profundo en mí. Me llevó con el tiempo a que yo fuera capaz de perdonar lo que había hecho y ya no sentirlo como una presencia en mi vida. Yo asistí a terapia por casi dos años, y a través de esto llegue a entender cómo este agresor había torcido mi visión de mí misma. Esto había llegado en un momento crucial de mi desarrollo. Mis sentimientos de culpa y una muy pobre imagen de mí misma me llevaron a alejarme de los más cercanos a mí y a aislarme. Mi profunda ansiedad me llevó a la depresión. La percepción de todas estas áreas me ayudó a creer que las cosas podrían cambiar. Yo podía seguir controlando mi vida en lugar de que el pasado me contralara a mí. Yo era capaz de dejar los años perdidos atrás. No he sido hospitalizada con ningún problema de salud mental desde entonces.
Mi único pesar es que muy raramente puedo decidirme a practicar mi religión católica. Mi fe en Dios no se ha tocado. Puedo perdonar a mi agresor por sus acciones, puesto que ha admitido su culpabilidad. Pero, ¿cómo puedo recuperar mi respeto por el liderazgo de mi iglesia? Pedir perdón por las acciones de los sacerdotes abusivos no es suficiente. Tiene que haber reconocimiento y responsabilidad por los daños y la destrucción que se ha hecho a la vida de las víctimas y sus familias por el encubrimiento frecuente e intencional y el mal manejo de los casos por sus superiores, antes de que yo u otras víctimas puedan encontrar la verdadera paz y la curación.
Intentando salvar la institución del escándalo ha causado el mayor de todos los escándalos y ha perpetuado el daño del abuso y la destrucción de la fe de muchas víctimas.
Siento que lo mejor de mi vida comenzó hace quince años cuando mi agresor fue llevado ante la justicia. Durante estos años he trabajado con mi diócesis y toda la Iglesia Católica en Irlanda para mejorar sus políticas para la protección del niño. He utilizado esos años para participar en el trabajo por la justicia de los sobrevivientes y he hablado a favor de una mejor comprensión del abuso infantil para mejorar la protección de los niños. Mi vida ya no es un terreno baldío. Siento que tiene sentido y vale la pena.
Es por eso que hablo aquí hoy con la baronesa Hollins.
Espero que lo que hemos dicho sea de valor para vosotros para entender las víctimas de este terrible crimen. Gracias por estar abiertos a escuchar nuestra presentación de hoy.
Sheila invita a hacer preguntas……
References:
1 Para 13.12 Commission of Investigation – Dublin Archdiocese Report
2 Para 7.13/7. 14 Commission of Investigation – Dublin Archdiocese Report
3 A number of years later (13th April 2002) the archbishop issued a statement apologising for the lack of co-operation with the police

Eduardo Montoro
Autor: Eduardo Montoro

Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.

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