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Francisca Vargas V.
Un spot de televisión mostraba hace un año a una adolescente que buscaba, desesperada, sus jeans por toda la casa. El fin de su búsqueda concluía cuando su madre abría la puerta principal y aparecía sonriente vistiendo la prenda en cuestión.
Poco común, pero real, muchas madres actúan hoy como sus hijas adolescentes en busca de una juventud eterna, lo que ante los ojos de los demás resulta incoherente.
En este tipo de situaciones se está ante un desfase que se produce cuando se pierde la conciencia de los ciclos de vida que se van viviendo y la persona queda pegada en una etapa previa y pasa a la siguiente, adoptando estilos que producen un ruido en la imagen de la persona y que salta a la vista de los demás sin mayor preámbulo.
“Generalmente esto se debe a traumas infantiles, que si no son tratados con el tiempo crean un desbalance entre la apariencia, su comportamiento y estado emocional”, explica Fernando Marchant, psicólogo de Vidaintegra.
Es como la «típica mamá lola» o la mujer que apenas se casa, se convierte en una pacata señora, echándose más edad que la que tiene, por ejemplo, al bajar exageradamente la basta de sus faldas y vestidos o dejar de lado, el maquillaje y la preocupación por verse bien.
Es también lo que se conoce como el síndrome de Peter Pan que acuñó el psicólogo norteamericano Dan Kiley en 1983 y que se aplica tanto en hombres como en mujeres. Son aquellos que han quedado anclados a determinadas edades, adolescentes o niños y no admiten el paso del tiempo, no quieren crecer y siguen vistiéndose y actuando como si tuvieran 15.
Para Solange Bertrand, directora de la carrera de Psicología de la Universidad San Sebastián, el fenómeno sucede porque existe poca información sobre cada etapa vital, sus características y sus ventajas o desventajas, pero la causa más potente recae en la presión que ejerce una sociedad machista.
“En la publicidad hay una sobrevaloración hacia la juventud y la belleza en desmedro de otros temas como la experiencia y esto se ve reforzado en cada persona con la creencia que a cierta edad vas perdiendo posibilidades”, declara.
Estas limitaciones autoimpuestas atraviesan varias áreas de la vida, pero principalmente se da en el trabajo y el amor. “La causa se debe a que aceptamos creencias estereotipadas que nos entrega la sociedad, pero que no necesariamente tienen que ver con la realidad objetiva”.
Más allá de la apariencia
“Lo importante es el reflejo interno que se ve a traducir en una exterior hermoso, acorde con esa belleza que has invertido en lo emocional o espiritual. Así tus canas, arrugas, no serán avergonzantes sino parte de la vida no más”, comenta Fernando Marchant.
En ese sentido, la apariencia no será determinante ni el espejo para representar ser la persona que se quiere ser. Por tanto, los especialistas aconsejan volcarse hacia una postura de agradecimiento sobre lo que se es, tiene o ha vivido y salirse del estereotipo, de la preocupación por el desgaste físico, para ocuparse del aquí y el ahora y no malgastar tiempo en un futuro que no llega.
“Disfrutar ahora y no mañana. Hoy tienes el paraíso, la bondad en este mundo, que no es malo ni tedioso como se quiere demostrar solo te tienes conectar y buscar esa belleza”, reflexiona Marchant.
Al no hacerlo surgirá como consecuencia el miedo a la vejez y la persona comenzará a hacer de todo para impedir que ese paso del tiempo quede en evidencia, pero lo hará toda vez que exista un desbalance en su interior, un quiebre emocional no tratado.
“La palabra clave es integrar tus arrugas a tu experiencia, tus miedos con los no miedos, aceptar el tema del dolor y pararse sobre ellos. La vida siempre nos presentará situaciones duales -creación y destrucción-, pero siempre nacerá algo nuevo, recuerda que desde el punto de vista fisiológicos, estamos en permanente renovación”, ensaya el psicólogo.
En esta línea, el verse bien o mantener la jovialidad dependerá mucho de la alegría, la risa, la flexibilidad del cuerpo y el placer con que se viva y en ese caso, los desfases entre la edad que se tiene y aparenta tendrán impresionantes resultados, más naturales y efectivos que cualquier artificio.

Eduardo Montoro
Autor: Eduardo Montoro

Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.

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