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Otro artículo muy interesante de Miguel Espeche, ojalá lo podamos comentar, como el anterior tiene muchísimas aristas para explicitar en las que Miguel solo muestra la punta del ovillo. Por eso los invito a decirme algo, cualquier cosa, una conversación de amigos comienza con un ¿qué tal?, o un ¿viste que….? y, gracias a Dios, no se sabe en qué ni cuando puede terminar…
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Es difícil no enloquecer si el mundo parece una sucursal de nuestra mente. Si se diera el remotísimo caso de que nuestros impulsos se vieran todos satisfechos, al contrario de lo que muchos creen, nuestro sufrimiento sería indecible. Y, de tanta soledad, seguramente nuestro destino sería el de tener que pedir ayuda psiquiátrica.
Es importante que en nuestras vidas veamos a los que «se cruzan» con nuestras intenciones de omnipotencia no como molestias, sino como ayudantes en nuestra tarea de no enloquecer. Ser como dioses o, en algunos casos, pretender ser directamente una deidad no hace bien a la mente humana. Esta está «diseñada» para funcionar con el «otro», es decir, para incorporar la frustración de tener que compartir el propio deseo con el ajeno y tener en cuenta la existencia de aquello que habita más allá de las fronteras de nuestra mente.
Según los entendidos, el tiempo en el que fuimos inquilinos dentro del vientre materno fue lo más parecido al paraíso que una persona puede experimentar. La completitud de aquellos tiempos -según el propio Freud- se asemeja al nirvana budista y, de alguna manera, todos añoramos aquel universo en el que todo era satisfacción porque así lo dictaba la naturaleza de las cosas.
En algún momento hubo que salir al mundo. Y eso nos salvó la vida. El precio de esa «movida» fue el de encontrarnos con la primera ley, la de gravedad, y otras duras leyes de la vida. De hecho, gracias a poder armonizar con esas leyes la vida pudo preservarse fuera del paraíso amniótico.
Inhibir la finitud
Por causas diversas, en ocasiones se intenta inhibir a las personas de la conciencia de su propia finitud, inventando nirvanas allí donde no los hay. Se los nombra reyes y se les permite reinar sobre todo, menos sobre sí mismos. Se les dan todos los gustos, menos el de tener un otro que ofrezca referente, aunque esa referencia tenga a veces la forma de la frustración.
El caso de Diego Maradona muestra qué ocurre con esa soledad infinita de quienes son ellos su propia ley; esto hace que, sin ser dioses, deban asumir una soledad infinita, la soledad de la orfandad del todopoderoso.
En el crecimiento de los chicos, la acción ordenadora de los padres -por más berrinches que implique- permite al niño la vivencia de estar acompañado por alguien poderoso, alguien que no es, como decíamos antes, una sucursal de la propia mente.
La ausencia de tolerancia a la frustración hace estragos en los ídolos de nuestra cultura, que trabajan no de héroes, sino de caprichosos. Se muestran como modelos funcionales a una concepción del poder y de la felicidad que enaltece el impulso por sobre todo y deja de lado la concepción de red, de alteridad, de construcción con el otro de la propia experiencia de vivir.
Los niños malcriados se llenan de resentimiento. Sospechan, con razón, que no son queridos más allá de tanta palabra edulcorada que reciben. Sospechan que se los engorda para algún sacrificio en el que no se verán precisamente beneficiados. Perciben que nadie los quiere lo suficiente como para decirles que no, para ofrecerles una mínima frustración. Se dan cuenta de que nadie les abre las puertas al mundo; quedan atrapados en su mente y en su poder para que todos sean como espejos que reflejan su propia imagen.
La ley es más que los hombres y sin ella no hay persona. La ley es la palabra del padre que dice «no» al chico que va a meter los dedos en el enchufe. Una palabra que debe ser firme.
No se sanan situaciones como las que vive Maradona cumpliendo con caprichos y cuidando que no haya frustraciones en su vida. Hay frustraciones que salvan vidas, y es de esperar que exista esta conciencia dentro de los que deben velar por la salud de un hombre solo, que espera un rasgo de coraje: el coraje de decir que no, para que la vida sí continúe.

Eduardo Montoro

Autor: Eduardo Montoro

Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.

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