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Allan y Barbara Pease

CÓMO HEMOS LLEGADO HASTA AQUÍ

Hace muchos, muchos años, los hombres y las mujeres vivían juntos y trabajaban en armonía. El hombre se aventuraba cada día en un mundo hostil y peligroso y arriesgaba su vida cazando para traer comida a su mujer y a sus hijos. Además, les defendía de los animales salvajes y de los enemigos. Así, fue desarrollando su capacidad de orientación para poder localizar a sus presas y traerlas a casa. También desarrolló su capacidad como cazador para poder alcanzar cualquier blanco en movimiento. La descripción de su tarea estaba clara: buscar la comida y eso era lo que se esperaba de él.
Por otro lado, la mujer también se sentía valorada porque el hombre arriesgaba su vida por el cuidado de su familia. Su éxito como hombre se medía por su capacidad para matar y traer las presas a casa y se sentía valorado porque su familia apreciaba su esfuerzo. La familia dependía absolutamente de la capacidad del hombre para desarrollar sus tareas de buscar comida y de protector. En el pasado el hombre no necesitaba «analizar las relaciones» ni se esperaba que tirase la basura al contenedor o que cambiase pañales.

El papel de la mujer también estaba muy bien delimitado. Haber sido designada la portadora del bebé, aseguraba la evolución de la especie y determinaba las capacidades que debía desarrollar para cumplir ese papel a la perfección. Tenía que ser capaz de controlar los alrededores de la cueva, ser capaz de percibir cualquier señal de peligro, tener una excelente capacidad para orientarse en las distancias cortas, saber reconocer puntos de referencia para encontrar el camino de vuelta a la cueva y ser capaz de percibir el menor cambio en la conducta o en la apariencia de los niños o los adultos. Las cosas eran sencillas: él era el buscador de comida y ella era la defensora del hogar.

Ella pasaba el día ocupándose de los niños, recolectando fruta, ver-duras y frutos secos y comunicándose con otras mujeres del grupo. No tenía que preocuparse, ya que el sustento principal lo aportaría el hombre y tampoco tenía que enfrentarse a los enemigos. Su éxito se medía por su capacidad para criar y cuidar a su familia. El hombre valoraba a la mujer por saber cuidar el hogar y criar a los niños. Además, el ser capaz de llevar a otro ser en el vientre se consideraba mágico e incluso sagrado, porque la mujer poseía el secreto de dar la vida. Era impensable pedirle a una mujer que cazase animales, que luchase contra enemigos o que encendiese el fuego.
La supervivencia era difícil, pero las relaciones eran sencillas y así continuó durante miles y miles de años. Al llegar la noche, los cazado-res volvían a casa con sus presas. Estas se dividían en partes iguales entre los miembros de la familia y todos comían juntos en la cueva. El cazador ofrecía a la mujer parte de su presa a cambio de sus frutos y verduras.
Después de comer, los hombres se sentaban alrededor del fuego, mirando la lumbre fijamente, jugaban, relataban historias y hacían bromas. Era la versión prehistórica del hombre de hoy en día que se divierte cambiando de canal de televisión con el mando a distancia o leyendo el periódico. Los hombres primitivos estaban agotados del tremendo esfuerzo realizado en la caza, y por la noche se comportaban de la forma descrita para aunar fuerzas y reiniciarla al día siguiente. Las mujeres seguían ocupándose de los niños y asegurándose de que sus hombres se alimentaban y descansaban debidamente. Los dos apreciaban mutua-mente sus esfuerzos. Los hombres eran considerados trabajadores y las mujeres no eran tratadas como criadas.
Estos sencillos rituales y conductas todavía existen en algunas civilizaciones antiguas, por ejemplo en Borneo, en algunas partes de África e Indonesia, en los aborígenes de Australia, en maorís de Nueva Zelanda y en los inuit de Canadá y Groenlandia. En estas culturas cada persona conoce y entiende a la perfección sus tareas. Los hombres aprecian los esfuerzos de las mujeres y viceversa. La contribución de cada uno de ellos a la familia es imprescindible para el bienestar y la supervivencia de todos los miembros. Sin embargo, los seres que pertenecen a países que se han desarrollado con el modelo occidental han sustituido estas normas por el caos, la confusión y la infelicidad.

NO ESPERÁBAMOS QUE LAS COSAS FUERAN ASÍ

En la actualidad, la unidad familiar no depende únicamente de los hombres y nadie espera que las mujeres se queden en casa cuidándola y haciendo la comida. Por primera vez en la historia, la mayoría de hombres y mujeres están confundidos sobre las tareas que deben realizar. Usted, el lector de este libro, pertenece a la primera generación de seres humanos que se tiene que enfrentar a circunstancias impensables para sus antepasados o incluso para sus padres. Por primera vez, queremos vivir en pareja por amor, por pasión y por realización personal, puesto que la supervivencia en la actualidad no es tan crítica. La estructura de la sociedad contemporánea asegura al ciudadano el nivel mínimo de supervivencia gracias a los fondos de pensiones, la seguridad social, los estatutos de protección al consumidor y diversas instituciones gubernamentales. En este momento, nos podemos preguntar: ¿Cuáles son las nuevas normas? ¿Cómo y dónde las aprendemos? El objetivo de este libro será ofrecerle respuestas.

POR QUÉ NO PODEMOS RECURRIR A NUESTROS PADRES


Si usted ha nacido antes de 1960 seguramente habrá crecido observando que sus padres se comportaban según las antiguas normas de supervivencia masculina y femenina. Estaban repitiendo la conducta que habían aprendido de sus padres, quienes, a la vez, estaban copiando de sus padres, que imitaban a sus padres y así podríamos remitirnos a los cavernícolas y sus roles perfectamente delimitados.
Hoy en día las normas son completamente diferentes y, por ello, no podemos recurrir a nuestros padres. La tasa de divorcio de los matrimonios modernos asciende al 50% y, si consideramos las parejas de hecho y las parejas homosexuales, la cifra verdadera de ruptura de parejas debe ser de un 70%. Está claro que necesitamos aprender nuevas normas para redescubrir una forma de vivir felices y de pasar intactos emocionalmente el umbral del s. XXI.

Eduardo Montoro
Autor: Eduardo Montoro

Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.

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