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Advierten sobre el riesgo de la falta de límites. Tienen entre 30 y 40 años y fueron criados con rigor y distancia emocional, pero con sus hijos no replican ese modelo, sino que son compinches y comprensivos. Los peligros de hacerse “el amigo”.
Por PABLO PERANTUONO
 
«El destino son los padres”, decía Freud. En este caso, el gran estudioso del inconsciente parece que se quedó corto. Lo que el médico de Viena trataba de explicar era que no hay manera de escapar de un destino fileteado de antemano. Que allí donde vayamos, como una sombra implacable, viajará nuestra historia emocional y nuestra infancia, la patria de cada uno.
Pero algunas cosas cambiaron. Entre ellas, el rol del padre, una tradición –del tamaño y la dureza de un trasatlántico cultural– que parecía condenar a los varones a la insularidad emocional. Como asegura el especialista Rafael Montesino en su obra Las rutas de la masculinidad, las relaciones entre varones tenían “que demostrar los atributos masculinos: una rudeza manifiesta desde el lenguaje hasta la gesticulación, situación que antes dificultaba las expresiones afectivas entre padres e hijos, obligando sobre todo a los varones a reprimir sus sentimientos”.
A diferencia de lo que supo ser una conducta inalterable, los hombres de hoy se relacionan diferente con sus hijos. Lo que históricamente fue un vínculo dominado por la distancia afectiva, los silencios y hasta cierta hostilidad llevada con orgullo –algo que se exacerbaba con el hijo varón– hoy se posiciona en otro lugar. Son padres de entre 30 y 40 años que crecieron en una sociedad asfixiante –niñez y primera adolescencia durante la dictadura–, lo que generó, acaso como respuesta a esa opresión, que la libertad fuera incorporada con cierta desmesura. Ya en el rol de padres, y con el recuerdo ingrato de haber padecido esa severidad, los hombres se acercan a sus hijos permitiéndose el cariño. Son parte de una generación que, más tarde, abrazó masivamente el rock y tuvo una relación mucho más natural con el placer, lo que le permitió cambiar los parámetros de conducta: de padres severos y con su afectividad mutilada, a padres compinches y capaces de poner el cuerpo. “Antes había cosas que se hacían a escondidas (probar el alcohol, prender un faso) y ahora buscás que las haga con vos para poder guiarlo o explicarle”, dice Rafael Buelink, padre de dos hijos (ver “Lo que marca…”). “La generación anterior, los padres de los actuales padres o los abuelos de hoy, han tenido cierto autoritarismo como característica de su carácter”, aporta Mónica Peisajovich, Psicologa.
La licenciada Liliana Racig desentraña las razones que contribuyeron a que el control se volviera permeable. “Los excesos o abusos de autoridad generaron mala prensa sobre ese vínculo, y temor frente a su uso, tanto en lo familiar como en lo social. Especialmente en sociedades como la nuestra, víctima del autoritarismo durante largos períodos”.
Esa mala prensa del concepto de autoridad provocó también que, al tiempo que los padres se amigaban con sus hijos, calzaban su misma marca de jean y zapatillas e iban con ellos a recitales –aun cuando los chicos tienen edad de jardín–, se desdibujaba el concepto de límites, conllevando un peligro para el futuro.
Racig cree que hay que revalorizar ese concepto. “Porque es importante el límite que protege, no el que anula. Es un límite que brinda el marco adecuado para no exponer a los niños a lo que, por su madurez, no pueden manejar”.
Ahora bien, ¿hay ventajas concretas de ese acercamiento? De acuerdo a los especialistas (ver aparte), el hecho de crecer en un clima de mayor afecto y contención hace que los chicos desarrollen la creatividad, la libertad y la capacidad de crítica. Claro que ese avance debe ser cotejado, casi obsesivamente, para que los chicos no se sientan los reyes de la casa.
“Lo que hay que hacer es darle solvencia al rol de padre, basado en nuestra responsabilidad frente a su bienestar, asumiendo con seguridad el desafio de la ira cuando decimos ‘no’ porque lo hacemos desde el amor. Eso sirve, fundamentalmente, para que enfrenten y conozcan la frustración y generen anticuerpos reales”, concluye la licenciada Racig.
En definitiva, el avance del rol del hombre en el hogar y la crianza es un avance en primer lugar para él: el hombre es capaz de mostrar lo que siente sin que ello signifique, como ocurría antaño, un rasgo de vulnerabilidad. Ese salto de calidad emocional, esa pequeña “revolución de la ternura” conlleva excesos, riesgos, otras ausencias –tal vez no físicas, pero sí de límites– que cada casa y cada alcoba intentará equilibrar con su propia lección de anatomía.
Rafael Buelink (40)
Ocupación: Contador Público
Dos hijos: Rafael (11) y Antonio (6). Casado con Mariana.
Vive en: Buenos Aires
Rafael se crió con un padre que le llevaba casi 40 años. Era un relación respetuosa, distante y dominada por los silencios. Pero aun cuando no “mamó” afecto físico, él lo pudo aplicar -casi naturalmente– con sus hijos. “Tengo una relación muy cercana, distinta a la que tenía con mi viejo. El demostraba el cariño diferente, trabajando muchísimo y dándonos a entender que sin sacrificio y austeridad no hay nada. Más allá de que creo en ese concepto, aprendí a construir trabajando también hacia adentro. La relación con mis hijos es el motor de nuestras vidas, tanto para Mariana, mi mujer, como para mí. Aprovecho cada oportunidad para darles un abrazo, una mano en el hombro o una trompada cariñosa jugando a las luchas”.
Dueño de una pequeña empresa, Rafael tiene claro que no es fácil la tarea: “El diálogo es fundamental, pero a veces cuesta. Será que nos quedó algo de la relación con nuestros viejos. Trato de acercarme para hablar, siempre que ellos tengan la inquietud”. Y en relación a los riesgos, agrega: “Nosotros corrimos la vara de límites, para darles más oxígeno, pero por otro lado, a veces me escucho decir ´Porque yo lo digo y punto´ y me acuerdo de mi viejo. Trato de demostrarles que, si bien el acceso a los gustos hoy parece más fácil, no por eso tienen que desconocer el esfuerzo que supone conseguirlos. Creo que lo que marca la diferencia del vínculo es que sabemos demostrar.

Eduardo Montoro
Autor: Eduardo Montoro

Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.

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