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La crisis sacrificial 63

privilegiado a los grandes problemas de la etnología religiosa. Afirmar esto significa exponerse, evidentemente, a descubrirse rechazado tanto por los

investigadores con pretensiones científicas como por los enamorados de la Grecia antigua, tanto por los defensores tradicionales del humanismo como por los discípulos de Nietzsche y de Heidegger. Los científicos son especialmente propensos a ver en la obra literaria una «mala compañía» en la misma medida en que su voluntad de rigor se hace más teórica. Los helenistas están siempre dispuestos a rasgarse las vestiduras tan pronto como se sugiere el menor punto de contacto entre la Grecia clásica y las sociedades primitivas.

Hay que disipar de una vez por todas la idea de que un recurso a la tragedia significa obligatoriamente un compromiso en el plano de la inves­tigación, una manera «estética» de ver las cosas. Y recíprocamente hay que disipar el prejuicio de los literatos según el cual la puesta en relación de una obra literaria y de una disciplina científica, sea la que fuere, se reduce necesariamente a una fácil «reducción», a un escamoteo de lo que constituye el interés propio de la obra. El supuesto conflicto entre la lite­ratura y la ciencia de la cultura se basa en un mismo fracaso y en una misma complicidad negativa, tanto para los críticos literarios como para los especialistas de las ciencias religiosas. Ni unos ni otros consiguen iden­tificar el principio sobre el que basan sus objetos respectivos. Inútilmente la inspiración trágica se empeña en hacer manifiesto este principio. Sólo lo consigue parcialmente y su éxito a medias aparece cada vez obstruido por las lecturas diferenciadas que los exégetas se esfuerzan en imponer.

La etnología no ignora que la impureza ritual va unida a la disolución de las diferencias’ Pero no entiende la amenaza asociada a esta disolución. Como hemos visto, el pensamiento moderno no consigue concebir la indi­ferenciación como violenta y viceversa. La tragedia podría ayudarle, sí se estuviera de acuerdo en leerla de manera radical. La tragedia trata del tema más candente de todos, del tema del que nunca se habla directamente, y con razón, en el seno de las estructuras significantes y diferenciadas, esto es, la disolución de estas mismas estructuras en la violencia recíproca. Y como este tema es tabú, e incluso más que tabú, prácticamente inefable en un lenguaje consagrado a las diferencias, la crítica literaria recubre con su propia red de diferencias la indiferenciación relativa de los trágicos antagonismos.

Para el pensamiento primitivo, contrariamente al pensamiento moder­no, la asimilación de la violencia y de la no-diferenciación es una evi­dencia inmediata que puede desembocar en auténticas obsesiones. Las dife­rencias naturales están pensadas en términos de diferencias culturales y viceversa. Incluso allí donde, ante nuestros ojos, la pérdida de las diferen­cias tiene un carácter puramente natural, sin repercusión real en las rela‑

3. Cf. Mary Douglas, Purity and Danger, Londres 1966.

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