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Mariola Cubells
Sin las mentiras, la humanidad moriría de desesperación y de aburrimiento”. La frase es de Anatole France, y debe ser cierta, a juzgar por la presencia social de la mentira en la vida de cualquier ciudadano. Mentimos en el trabajo, en la relación de pareja, a los amigos…, al médico.
Un estudio del pasado mes de  enero de laUniversidad de Southampton, en Reino Unido  aseguraba que una persona normal dice de promedio tres mentiras en una conversación de unos diez minutos. A lo que habría que sumar varias omisiones y algunas exageraciones más.
Patología o divertimento
Así pues ¿por qué una de las exigencias más repetidas a los políticos, en campaña y fuera de ella es que nos digan la verdad? ¿Por qué es una de las peticiones más habituales a los niños? ¿Por qué está tan mal vista la mentira, por qué nos incomoda tanto?
Según los expertos, forma parte del juego de la vida. Y hay que separar lo que sería unapatología (que llevaba al pobre Pinocho al insufrible trago de ver cómo crecía su nariz)  tipificada con diversos síndromes en psicología, de la mentira como pasatiempo, sin mala intención, sin consecuencias graves ni para quien la emite ni para quien la recibe.
Los profesionales
Paul Ekeman, jefe del laboratorio de neuropsicología de la Universidad de California, asegura que los mejores mentirosos suelen dedicarse a la política. El neurólogo, experto además en las emociones y en su relación con la expresión facial, lideró un estudio en 2010 sobre los profesionales de la política. Según concluyó el estudio  (resonancias magnéticas incluidas), los políticos saben mentir mejor y suelen hacerlo de forma más habitual que el resto. Y lo más significativo: sin que muestren tantas evidencias de estar mintiendo como los que no se dedican a esa profesión.
Pero aunque mientan más, sus tipos de mentiras son las mismas que las del resto de los mortales, según todos los manuales de la psicología clínica. Así, hay mentiras  piadosas, que son las que usamos para no herir a los demás o para salir airosos de una situación. Se usan por cortesía, a veces.
Están también las que esconden perversas intenciones, para medrar, para castigar, para justificar hechos. O las que nos contamos a nosotros mismos para no ver la realidad. Estas dos últimas son los que requieren tratamiento, si se convierten en compulsivas.
El engaño en la ficción
‘No decir la verdad’
Según el libro del polaco Adam Soboczyniski, es un arte. Así, de hecho, ‘El arte de no decir la verdad», se llama su tratado sobre el fingimiento, controvertido, trangresor y original, que es como recitar un decálogo de conducta para desenvolverse en el mundo actual.
‘Miénteme’
La serie de televisión con ese nombre ha causado estragos y no sólo en audiencia. El protagonista, al que encarna el actor Tim Roth detecta, por los gestos, si los demás mienten u ocultan algo. Sus métodos se inspiraron en los del doctor Paul Ekman, el mayor especialista en este ámbito.
Trolas pequeñasUna película francesa,‘Pequeñas mentiras sin importancia’, de gran éxito en el país, pone el dedo en la llaga y demuestra cómo el engaño y los embustes nos rodean por todas partes. En este caso, entre un grupo de amigos de toda la vida que creen conocerse…
La historia del mentiroso que mató a su familia
Se llamaba, se llama, Jean-Claude Romand. Un ciudadano francés que el 9 de enero de 1983 mató a su mujer, a sus hijos y a sus padres e intentó sin éxito suicidarse después. La investigación policial reveló que no era médico, algo que había hecho creer a los suyos durante décadas.  En realidad no era nadie.  Llevaba mintiendo 18 años y a punto de ser descubierto prefirió suprimir a todos a los que había engañado. Cumple cadena perpetua.       Su historia la llevó a la literatura el francés Emmanuel Carrère, que escribió la crónica de su vida y de su proceso judicial, en  El adversario.  El autor tuvo acceso al protagonista, asistió al juicio y relató después, como en la novela de Capote, A sangre fría, el antes, el durante y el por qué de la insólita historia.
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Eduardo Montoro
Autor: Eduardo Montoro

Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.

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