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Con gran placer leí la entrevista a Ludovicus en Wanderer y me vi sorprendido gratamente porque la realidad destruye nuestros preconceptos. Huy, me dije, otra entrevista más, ¿qué necesidad de ponerse en riesgo de «crear un personaje», «un relato de sí mismo»?
Gratamente sorprendido en la entrevista a Ludovicus no pude encontrar los indicadores típicos, es llana, directa, por momentos sanamente prosaica y, sobre todo, no tiene la permanente tensión chestertoniana (con todo lo que amo al gordo y me gusta) por ser genial (por eso me descansa mucho más leer Lewis).
En esta entrevista Ludovicus, en su estilo único, da con el eje trascendental de toda patología psicológica: el miedo. Podría refrendarse con toneladas de literatura específica al respecto, pero no estaría tan bien dicho ni tan accesible a la mayor parte de los mortales como el párrafo que sigue:
Tollers: De los cuatro enemigos del hombre, plata, poder, placer y prestigio, ¿a cuál le teme más?
Ludovicus: Al miedo. La raíz de todas esas “p” es el miedo: miedo a la pobreza (plata y poder), miedo a la vida (prestigio), miedo a la muerte (placer).
Tollers: Ajá. Pero creo que no entendí lo del “miedo a la vida” que dice usted.
Ludovicus: Quiero decir miedo a la vida real, del modo real en que nos es dada, en el presente. Por miedo a atrapar esa vida real nos refugiamos en los fantasmas del pudiera-haber-sido, o nos arredramos ante las montañas del futuro, negándonos a avanzar, a optar. Acuérdese del siervo de la parábola, que no salió de parranda con el talento, no: lo guardó por miedo a gastarlo, a gastarse la vida concreta en el presente real. Y por supuesto que en el fondo, el miedo a la realidad no es otra cosa que miedo a Dios. La nuestra, paradojalmente, es una época deífoba.
Tollers: Sí, puede ser. De todos modos, no es para menos, digo, esto de tener miedo. Mire Newman lo que dice sobre la amistad (y eso de joven aún): “Se tarda mucho, hasta que llegamos a conocernos bien unos con otros, y parecemos a los ojos de los demás como fríos, o duros, o caprichosos, o egoístas, cuando no lo somos. De tal manera que desgraciadamente ocurre que incluso buena gente se retrae el uno del otro, y se refugian en su interior, y su Dios, como escapando de la aspereza del mundo.” Pienso, por ejemplo, en Jack Lewis y Tolkien distanciados, después de tanta cosa, de tantos años…
Ludovicus: No, no es para menos, el miedo es un enemigo enorme. Tanto predicar contra la lujuria y tan poco contra el miedo. Casi todos nuestros errores o pecados son fruto del miedo, de la pusilanimidad, en suma de la desesperanza que se niega a aceptar la realidad.
La amistad es una apuesta contra el miedo, ciertamente. Y a veces desgraciadamente, es una luz que brilla un momento y luego se apaga. Ahí hay un miedo al cambio real, a dejar que el amigo cambie, que siga siendo real. Y bueno, como en el caso de Tollers y Jack no se acepta esa realidad. Por eso Tolkien de algún modo recuperó esa amistad cuando Lewis murió, se lamentó con esa frase tan sentida: le resultaba más fácil recuperar ese amigo «ideal».
Eduardo Montoro
Autor: Eduardo Montoro

Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.

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