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El despertar psicológico del niño es apasionante. Resulta inol­vidable ver cómo va descubriendo el mundo que emerge de­lante de sus ojos y cómo va haciendo uso de su inteligencia. Cuando el animal nace tiene ya un programa de conducta aprendido, que se pone en marcha sin más y que funciona mediante unos resortes innatos, genéticos, que se abren paso sin aprendizaje previo y con cierta autonomía desde los pri­meros días. El pollito recién salido del cascarón campa por sus respetos de aquí para allá, como si conociera a la perfección el escenario que le sirve para desplegar su comportamiento.
El desarrollo psicomotor del bebé sigue unos pasos concre­tos. El primero es aprender a sostener la cabeza, lo cual sucede hacia los cuatro meses; poco después ya puede quedarse sen­tado, manteniendo derecha la parte alta de la espalda y es ca­paz de evitar caerse hacia delante cuando está sentado. Con diez meses permanece sentado con algo entre las manos o, lo que es más frecuente, con la mirada fija y el dedo pulgar en laboca. El niño pequeño explora el mundo a través de la boca. Podo pasa por ella, es el paso obligado para conocer los obje­tos y su sensibilidad. Nos encontramos en la prehistoria del aprendizaje.
Cerca de su primer año empieza a ensayar cómo mante­nerse de pie. Es divertido, tierno y sorprendente verlo luchar para no caerse. La edad de aprender a andar varía de un niño a otro, y suele ser hacia los 2 años cuando definitivamente controla esta adquisición. Muchos niños saben antes andar a cuatro patas.
El saber tomar las cosas con sus manos es algo que se inicia hacia los cinco meses, pero es a los diez cuando puede acer­carse directamente a los objetos y atraparlos con firmeza, sin que se le caigan de las manos. Un poco antes descubre que la mano derecha tiene también su izquierda y que ambas pueden colaborar.
En lo que se refiere al desarrollo del lenguaje, éste empieza por el lenguaje no verbal: muecas, gestos y sonrisas van apa­reciendo ante la sorpresa de los padres y de las personas cer­canas, invitándoles a hablar con el niño, a decirle cosas, a re­lacionarse con él. La sonrisa, incipiente al principio, se va convirtiendo con el tiempo en la respuesta concreta a los estí­mulos: un beso, una caricia, una palabra. La mímica evolu­ciona desde unos gestos primitivos y elementales a otros más Dinos y precisos, hasta convertirse en una verdadera sinfonía de mensajes faciales.
El desarrollo del lenguaje verbal empieza con la repetición de algunas palabras, primero torpemente y luego de forma algo más precisa. El niño repite las que oye a su madre o a las personas que lo cuidan. Nuevamente, la boca se convierte en protagonista, con el consiguiente alborozo de todos los de su entorno. La gramática es al principio borrosa, desdibujada, te­nue. Cuando el niño tiene un año y medio, aproximadamente, maneja unas veinte palabras; a los tres o cuatro domina casi un millar. El salto es, pues, imponente. Cada objeto que en­cuentra a su alrededor va a quedar identificado por medio de una palabra y señalado con el dedo. Nombrar las cosas es apoderarse de ellas, y gracias al lenguaje el niño va habitando su realidad, dando significado a todo, abriendo pasillos de comunicación de unos conceptos a otros. La comunicación verbal supone el gran paso hacia delante, con su madre al lado, sirviendo de excelente vehículo de amor y conocimiento.

Eduardo Montoro
Autor: Eduardo Montoro

Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.

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