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¡Qué envidia de los porteños! ¡No sé si sea buena o no la obra de teatro, pero la idea sola me vuela la cabeza!

Decía el escritor argentino Héctor Libertella que, entre las mil y una lenguas del mundo, sólo el castellano da la posibilidad del yo como algo que está constituido por una letra que une -y- y otra que a continuación separa -o-. En esas aguas incesantes entre lo que acerca al otro y lo que lo expulsa de él, navega La última sesión de Freud , adaptación de la obra de Mark St. Germain, que protagonizan Jorge Suárez y Luis Machín en el Multiteatro, con dirección de Daniel Veronese.
La puesta gira en torno a un encuentro. El revolucionario psicoanalista Sigmund Freud (Suárez) invita al joven académico C.S. Lewis (Machín) a su hogar en Londres. Dos hombres juntos el día en el que Inglaterra decide entrar en la Segunda Guerra Mundial y una oportunidad para discutir sobre la existencia de Dios, el amor, el sexo y el sentido de la vida.
¿Qué piensan de sus personajes? Suárez: Freud, como en su momento Galileo, Copérnico o Darwin, provocó un antes y un después en la historia de la humanidad. Es un enorme desafío hacer a este señor tan reconocible, por un lado, y tan poco conocido en profundidad, por otro. Porque si bien es muy mencionado por su nombre, no todos saben lo que hizo: develó, entre otras cosas, que tenemos un inconsciente que nos domina. Para mí es un reto interpretarlo en los últimos momentos de su vida, donde ya incluso su paciencia y su serenidad se ven afectadas por el sufrimiento de su cáncer de paladar con treinta operaciones, y con un límite de tiempo previsto por los médicos, y por él.
Machin: Lewis es menos renombrado internacionalmente. Pero sí es muy respetado en el ámbito literario: es el autor de Las crónicas de Narnia , de Cartas del diablo a su sobrino, entre muchas otras obras exitosas.
¿La visita sucedió fuera de la ficción? Machín: No se sabe, hay datos que apuntalan que sí, que es un encuentro que Freud propició en los últimos días de su vida para enfrentarse a esa contraposición de pensamientos, teniendo en cuenta que Lewis no era ningún improvisado. Se trata de alguien que, en su infancia, tuvo un acercamiento a la religión, después se volvió agnóstico y sus lecturas y distintos acontecimientos que lo sobrepasaron, hicieron que él se convirtiera al cristianismo.
Dos cosmovisiones antitéticas… Machín: Lo interesante es cómo estos discursos pueden convivir más allá de las diferencias. Cómo pueden desarrollar un diálogo de una hora y media parados de forma opuesta frente a temas trascendentales de la vida y, sin embargo, tocarse.
Suárez: El choque de ideas se torna por momentos muy gracioso. Lewis habla desde el corazón y Freud lo pone en jaque. Este es un Freud más humano, un hombre traspasado por el dolor y por una teoría que desarrolló durante muchos años y de la que, de cierta forma, está hastiado.
¿Cómo es su relación con el psicoanálisis? Suárez: Hice terapia toda la vida, desde los 19 años, con algunas pausas. Me analicé doce años con mi primera terapeuta y otros diez con otra que, lamentablemente, falleció. El psicoanálisis me ayudó a aceptarme como soy, a pensar que mi forma de ser es algo que puede funcionar. A mí personalmente no me gusta la violencia y prefiero vincularme con los otros desde otra energía. Acepté eso y entendí que la energía de uno es ésa con la que tenemos que convivir todos los días, y que no hay que desvalorizarse por ser de una forma y no de otra. Los seres humanos somos vulnerables, estamos llenos de miedos y cualquier terapia que pueda ayudar a aceptarse, a comprender y a modificarse, es valiosa.
Machin: Agarré la terapia a los 24 y no la abondoné más. Cambié una sóla vez de terapeuta. Hasta los 30 hice con el primero y ya hace trece que hago con otro. Me hizo pensar en situaciones brutales de mi existencia, me volvió más reflexivo, que es algo que uno a veces le achaca. Pero mi terapeuta, que es una persona sensible e inteligente, suele decirme: “Acá venimos y hablamos un ratito, y después nos vamos a vivir” . Me sacó del pensamiento centrípeto que me llevaba a mirarme el ombligo. Y la verdad es que es extraordinaria la posibilidad de dialogar con uno. Como dice un amigo, me gusta pensar que el psicoanálisis es pagar en cuotas un punto de vista.
Algunas personas creen que pensar tanto va en detrimento de vivir el presente…
Suárez: Hay que citar a Eladia (Blázquez): la vida está para honrarla. Uno no puede estar dudando todo el tiempo, hay que tratar de vivir la vida que uno puede dentro de las posibilidades que tenemos.
Machín: No me gusta imaginarme al pensador encerrado en su mundo, sin la posibilidad de una vida como fricción energética. Me parece una incoherencia total vivir en el puro devenir de los acontecimientos. Hay momentos brutalmente naturales, como el nacimiento, el sexo, el amor, la muerte, en donde la reflexión impone una pausa. Y otros donde el pensamiento cobra un valor importante.
¿Qué público imaginan? Machín: Creo que puede ser interesante, muy heterogéneo. Porque si bien el argentino que se precie de serlo, es psicoanalizado, también hay mucha gente católica. El lenguaje de la obra no es técnico, es bien cotidiano. Y no es una puesta meramente discursiva. Los cuerpos están atravesados por lo que dicen.
Suárez: La obra trata de poner luz sobre algo tan difícil como es la fe del hombre. Uno no siempre puede entender los motivos por los cuales llega a una conclusión y pienso que la gente se va a sentir identificada al punto de decir: “¡A mí me pasa eso!”.
Dicen que se ponen nerviosos. Que hay dolor de panza. Que salir al escenario es dar todo, abrirse. Lo describen y en ese poner en palabras parecen estar narrando los instantes previos a sentarse en un diván y hablar con el psicoanalista.
¿Será que ser actor es una terapia paralela? Suárez: Claro, los artistas, desde la humildad más grande y desde la omnipotencia más profunda, hacemos una entrega. El corazón de un actor, al levantarse el telón, se conmueve. Hay que ver sangre en el escenario y dejar todo. Porque, finalmente, el teatro nos cura, nos sana, nos salva.
Machín: El escenario es un campo de batalla. Están las ideas, los cuerpos, las fricciones y toda la energía de uno…
Luis se entusiasma mientras cuenta lo que siente, sentado en una sillita sobre las tablas del Multiteatro, a metros de un diván de época. “Ahora que hablamos tanto me dieron ganas de actuar”, confiesa. Como si poner en palabras, esa magia que Freud recomendó a sus pacientes, impulsara a estar bien, a vivir con la mayor fortaleza posible, a hacer lo que nace desde adentro. “Freud -señala Suárez- deja expresado que el deseo no se puede satisfacer, ni siquiera identificar. Lo importante es tenerlo. El deseo es un motor”. El motor de la vida y del encuentro entre el Yo y el Otro .
 

Dialéctica sobre la existencia de Dios

La relación psicoanálisis-teatro en la escena porteña no sólo destila éxitos rutilantes de la talla de Toc-Toc , más cercano a la identificación jocosa de padecimientos ajenos, que al despliegue de suntuosos argumentos volcados en escena. Este vínculo también puede resultar una importante y reiterada banalización de la teoría psicoanalítica. O de cualquier otra. Frente al desafío de transplantar un bodoque teórico, el teatro pareciera responder con la agilidad de un maratonista retirado en slow motion . Por eso, aunque condensa lo humano de dos figuras iconográficas como el psiquiatra vienés y el escritor C.S. Lewis, La última sesión de Freud , obra de tesis basada en el enfrentamiento dialéctico acerca de la existencia de Dios, es un espectáculo que flamea sobre un territorio complejo de compatibilizar con sus altas pretensiones.
La puesta, prefabricada en el Off Broadway, llega con pedigree de taquilla y “suceso”. Como siempre pasa. Uno puede ver la disposición, y casi el mismo mobiliario, vestuario y caracterizaciones de la versión porteña, reproducida por una compañía de Nueva York si buscaThe Freud’s Last Session en Youtube. Sobre esta base pareciera que dos notables actores como Luis Machín y Jorge Suárez tienen poco margen para accionar. La dupla actoral está frente a un material que, si te agarra con la atención sulfatada, indudablemente te hace besar la lona.
Estamos en Inglaterra, país donde Sigmund Freud vivió algunos meses en 1939. La acción del texto de Mark St. Germain (que dialoga con La secreta obscenidad de cada día , pomposa obra del chileno Marco Antonio de la Parra), dirigido por Daniel Veronese, transcurre justamente la mañana en que estalla la Segunda Guerra Mundial. Ese día, Freud (un avejentado Jorge Suárez) recibe en su estudio al profesor C.S. Lewis (el autor de Las crónicas de Narnia , interpretado por Luis Machín). Durante la mañana, mientras suenan falsas alarmas de bombardeos alemanes, los dos se la pasan limando asperezas. Freud no puede comprender cómo un ateo de la talla intelectual de Lewis se convirtió al cristianismo. “Descubrí a Jesús mientras iba en el sidecar de la moto de mi hermano”, dice Lewis. Y ahí comienza un ping- pong sobre Dios, la validez de la Biblia como relato, el deseo, las fantasías, el fetichismo, el suicidio, la figura del padre, entre otras piezas de artillería. Todo se expone con gran barroquismo retórico. A pesar de una prótesis que Freud tiene en el paladar, y por la que sangra, debido a un cáncer en la boca, no se calla. La “sesión” que ambos se aplican mutuamente se extiende, incluso, en los discursos que se filtran por la radio donde hasta el torpe Neville Chamberlain, representante del mundo real, le pide a Dios por el destino de su país.

Eduardo Montoro
Autor: Eduardo Montoro

Mi nombre es Eduardo Montoro, soy del 68, estoy casado con Graciela y tengo un hijo, Juan Manuel.
Tengo un largo recorrido académico, definido por un amigo como el viaje de Frodo, no porque sea como Frodo, sino por las peripecias que tuve que pasar, algunas en Italia otras en Argentina. En ese viaje obtuve varios reconocimientos académicos:
• Licenciado en Psicologia, Universidad Católica de Cuyo.
• Master en Psicología de Counselling, Università Europea di Roma
• Profesor de Psicología, Universidad de Mendoza
• Licenciado en Filosofía Sistemática con orientación Lexicográfica, Pontificia Università Gregoriana
• Licenciado en Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Cuyo
• Y cuatro años de Teología, no acreditados oficialmente en ninguna universidad, pero que equivalen a una licencia.
Actualmente resido en San Juan, Argentina y mi hobby es salir a andar en moto en duro por los cerros sanjuaninos.
Pero lo que más me apasiona es ver crecer a las personas, superarse, en las más difíciles e inimaginables circunstancias.

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