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Análisis crítico de Más allá del principio del placer. Esbozo de epistemología realista.

Les dejo este post con un análisis del problema freudiano del método, tomando como ejemplo Más allá del principio del Placer (Jenseits des Lustprinzips), una de las obras claves de Freud y en la cual introduce la arbitrariamente elaborada pulsión de muerte como uno de los determinantes más íntimos del comportamiento humano. Este enorme post o pequeño artículo tiene y muestra de un modo patente el corazón del problema del método freudiano y su analiticismo, su fundar metaprincipios y jugar entre ellos olvidándose de los fenómenos. Además de la crítica al abuso freudiano de los metaprincipios se puede encontrar aquí, en negativo, esbozado un proyecto de epistemología realista. Es decir el marco y las delimitación de lo que debería ser la correcta fundación de un metaprincipio sobre un fenómeno y el posterior «no abuso» del mismo. En definitiva, una via di mezzo entre el analiticismo y el fenomenologismo puro. Tal via di mezzo presupone la necesidad de fundar metaprincipios, pero, también, la necesidad de enmarcarlos dentro de ciertos límites epistemológicos, más allá de los cuales se caería en un uso arbitrario de los mismos. Soy consciente de que es un tema que puede interesar a muy pocos de los lectores habituales, pero no podía dejar de publicarlo por la urgencia del tema.

Análisis crítico de la «compulsión de repetición» en Más allá del principio del Placer

Índice

  1. La noción de repetición en el juego infantil
  2. La noción de repetición en el contexto terapéutico
  3. La noción de “compulsión de destino” como metainterpretación de la repetición
  4. El carácter “conservador” de la compulsión de repetición
  5. Reflexión crítica
    1. El problema del método
    2. El reduccionismo propio de la inemergencia
  6. Conclusión

1. La noción de repetición en el juego infantil:

Freud introduce dicha noción, en la obra que estamos analizando, comenzando por el juego infantil. Para ello se remonta a una obra de Pfeifer (1919) y a una experiencia personal sobre un niño en concreto.

Comienza criticando a Pfeifer por no dar preeminencia en el análisis del problema al punto de vista económico y a la ganancia de placer que este conlleva. Después de lo cual se aboca directamente al análisis de su experiencia personal. Nos describe al niño con una muy buena interacción con su medio y sobre todo con su madre, pero llama la atención sobre el hecho de que el niño poseía el hábito de arrojar lejos de sí todos los objetos que estaban a su alcance y al hacerlo acompañaba tal acto con una expresión de satisfacción que según el mismo Freud y su madre significaba: “se fue” (Fort). El niño jugaba a que sus juguetes se iban. Tal juego tenía una variante en especial con un carretel atado con un hilo, en la cual se añadía el hecho de que el juguete que desaparecía “retornaba” y era saludado amistosamente con un “acá está” (da), segunda fase que provocaba una mayor ganancia de placer que la primera.

Freud interpreta que la renuncia pulsional que implicaba el admitir sin protestas la partida de la madre se resarcía escenificando por sí mismo, en los objetos que estaban a su alcance, el desaparecer y regresar de su propia madre. Teniendo en cuenta que es imposible que la partida de la madre resultara para el niño agradable, Freud se pregunta “¿cómo se concilia con el principio de placer que repitiese en calidad de juego esta vivencia penosa para él?”. Descarta la tesis que escenificaba la partida para poder sentir el gozo de la vivencia del retorno porque la primera parte era muchas veces escenificada por sí sola y, en su proceso, cuantitativamente mucho mayor que la escenificación misma del regreso. Después de lo cual nos ofrece su interpretación. El primer factor de interpretación que nos ofrece ya es muy interesante: la ganancia de placer que provoca la repetición del juego es el cambio cualitativo del rol actuado. En la escena real de la partida de la madre y la consiguiente experiencia displacentera, el niño juega un rol pasivo, en cambio, en la repetición escenificada, su rol es activo. De modo que el rol de poder y decisión, o “pulsión de apoderamiento” según las palabras literales de Freud, es lo que aporta una ganancia de placer que hace posible la repetición.

Una segunda posibilidad de interpretación, según el mismo Freud, es la tesis de la venganza de la pérdida, es decir que la ganancia de placer es aportada por el hecho de vengarse en la personificación, concretizada en los objetos, de quien es perdido, como si dijese:  «Y bien, vete pues; no te necesito, yo mismo te echo».

A pesar de ambas interpretaciones la pregunta central para Freud es: ¿Puede el esfuerzo {Drang} de procesar psíquicamente algo impresionante, de apoderarse enteramente de eso, exteriorizarse de manera primaria e independiente del principio de placer? La respuesta es que, necesariamente, la repetición se explica por una ganancia de placer subsiguiente y directamente asociada a ella.

La conclusión es que, en el juego infantil, siempre se fluctúa entre estas dos interpretaciones. Lo cierto es que, por el juego, se abreacciona la intensidad de la impresión, provocando la consecuente descarga emocional, por medio de su rol activo y dominante de la situación, y por medio de  la descarga y compensación vengativa sobre los actores de la impresión displacentera.

2. La noción de repetición en el contexto terapéutico:

En una breve descripción de la historia del Psicoanálisis, Freud pone como fundamento del salto, desde una clínica descriptiva a un psicoanálisis en rol activo (terapéuticamente hablando), la repetición catárquica del evento traumático.  Recuerda que hay una imposibilidad del recuerdo verbalmente reportado de la situación traumática, más bien esta tiende a revivirse de un modo dinámico en el ámbito de la transferencia.

Antes de entrar en el mérito propio del argumento, Freud nos advierte que no debemos caer en el error de “que en la lucha contra las resistencias uno se enfrenta con la resistencia de lo «inconciente»”. Por el contrario “lo inconciente, vale decir, lo «reprimido», no ofrece resistencia alguna a los esfuerzos de la cura; y aun no aspira a otra cosa que a irrumpir hasta la conciencia -a despecho de la presión que lo oprime”. Este sucede así porque  “La resistencia en la cura proviene de los mismos estratos y sistemas superiores de la vida psíquica que en su momento llevaron a cabo la represión”. En este punto reconoce la insuficiencia lingüística de la Primera Tópica para interpretar lo inconciente, lo reprimido y la resistencia. De modo que lo que se debe oponer no es lo inconciente y lo conciente para poder explicar la mecánica de la resistencia y de lo reprimido. Freud retiene más adecuado para explicar esta problemática la oposición entre “yo coherente y lo reprimido”, porque en el interior mismo del yo es mucho lo inconciente, y parece ser que justamente a esta parte inconciente del yo Freud la considera su “núcleo”[1]. Esta substitución del lenguaje de la Primera Tópica por el de la Segunda es una mejora, que según Freud, nos hace pasar de una terminología meramente descriptiva a una terminología “sistemática o dinámica”[2].

La pregunta de fondo que conduce prácticamente todo  «Jenseits des Lustprinzips» se vuelve a repetir en el contexto terapéutico: ¿qué relación guarda con el principio de placer la compulsión de repetición, la exteriorización forzosa de lo reprimido?. Por un lado, es claro que la resistencia del yo conciente está a favor del principio del placer, ahorrando el displacer que se liberaría por lo reprimido. Por otro lado, la compulsión de repetición hace revivenciar algo displacentero al yo. Esto podría explicarse por el hecho de que algún tipo de displacer es, en realidad, displacer para un sistema y satisfacción para otro. Sin embargo, Freud constata una nueva realidad que define como “asombrosa”, la compulsión revive vivencias pasadas que no contienen ninguna posibilidad de placer. A continuación hace una génesis descriptiva de la repetición compulsiva y constata también allí la inutilidad de la compulsión de repetición y la imposibilidad de identificarla de algún modo con el principio de placer.

3. La noción de “compulsión de destino” como metainterpretación de la repetición.

Sorprendentemente, ante la imposibilidad de explicar la compulsión de repetición, Freud ensaya otro camino, constata que este aparecer inexplicable de la compulsión de repetición es como “un destino que las persiguiera, de un sesgo demoníaco en su vivenciar” y tal hecho es llamado “destino fatal” y un “eterno retorno de lo igual”, todo esto ilustrado por patologías o simplemente casos que evidencian la actuación de tal principio. Después de lo cual se llega a la conclusión: “En vista de estas observaciones relativas a la conducta durante la trasferencia y al destino fatal de los seres humanos, osaremos suponer que en la vida anímica existe realmente una compulsión de repetición que se instaura más allá del principio de placer” , y, además, “esta nos aparece como más originaria, más elemental, más pulsional que el principio de placer que ella destrona”. Tal vez uno está tentado de pasar por alto la importancia de dicha afirmación, pero el párrafo inmediatamente posterior nos deja absolutamente en claro el carácter de “giro copernicano” de la afirmación hecha: “Ahora bien, si en lo anímico existe una tal compulsión de repetición, nos gustaría saber algo sobre la función que le corresponde, las condiciones bajo las cuales puede aflorar y la relación que guarda con el principio de placer, al que hasta hoy, en verdad, habíamos atribuido el imperio sobre el decurso de los procesos de excitación en la vida anímica”. El mismo Freud admite tal “giro copernicano”, que no cambia lo ya ganado en su interpretación del funcionamiento del aparato psíquico, sino que encuentra un principio de lectura del mismo, como él mismo dice: “más originario, más elemental, más pulsional”.

4. El carácter “conservador” de la compulsión de repetición

Freud dedica prácticamente todo el capítulo 4 de Más allá del principio del placer a construir toda una interpretación mecánico-biológico-psíquica de la vida en orden a sustentar su conclusión que es el carácter conservador de la compulsión de repetición y de toda compulsión, que define en el capítulo 5 del siguiente modo: “Una pulsión sería entonces un esfuerzo, inherente a lo orgánico vivo, de reproducción de un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas; sería una suerte de elasticidad orgánica o, si se quiere, la exteriorización de la inercia en la vida orgánica”.  La intención de Freud es  “seguir hasta sus últimas consecuencias la hipótesis de que todas las pulsiones quieren reproducir algo anterior. No importa si lo que de esto saliere tiene aire de «profundo» o suena a algo místico”. Y es totalmente consecuente con su intento, de modo tal que no me atrevo a glosar el texto, sino que tengo que reportarlo íntegro por su fuerza y sinteticidad:

Desde su comienzo mismo, el ser vivo elemental no habría querido cambiar y, de mantenerse idénticas las condiciones, habría repetido siempre el mismo curso de vida. Más todavía: en último análisis, lo que habría dejado su impronta en la evolución de los organismos sería la historia evolutiva de nuestra Tierra y de sus relaciones con el Sol. Las pulsiones orgánicas conservadoras han recogido cada una de estas variaciones impuestas a su curso vital, preservándolas en la repetición; por ello esas fuerzas no pueden sino despertar la engañosa impresión de que aspiran al cambio y al progreso, cuando en verdad se empeñaban meramente por alcanzar una vieja meta a través de viejos y nuevos caminos. Hasta se podría indicar cuál es esta meta final de todo bregar orgánico. Contradiría la naturaleza conservadora de las pulsiones el que la meta de la vida fuera un estado nunca alcanzado antes. Ha de ser más bien un estado antiguo, inicial, que lo vivo abandonó una vez y al que aspira a regresar por todos los rodeos de la evolución. Si nos es lícito admitir como experiencia sin excepciones que todo lo vivo muere, regresa a lo inorgánico, por razones internas, no podemos decir otra cosa que esto: La meta de toda vida es la muerte; y, retrospectivamente: Lo inanimado estuvo ahí antes que lo vivo

Continúa el texto con un intento de explicación, totalmente insuficiente, respecto del surgir de la vida sobre el que pasa velozmente por alto a vuelo de pájaro. Todo el misterio mismo de la vida lo liquida de un plumazo diciendo que habría surgido “una intervención de fuerzas que todavía nos resulta enteramente inimaginable”. En definitiva, lo importante es que el último fundamento de la compulsión de repetición es una tendencia de repetición de un estado anterior a la misma vida, que es el estado inorgánico. Es decir, el estado de no vida o muerte. La pulsión de muerte es entonces el último fundamento de la Wiederholungzwang. Los capítulos 6 y el 7 (que de algún modo sirve de conclusión y cierra el libro) continúan con diversos tipos de argumentaciones de orden biológico-psíquico para reforzar la tesis alcanzada.

5. Reflexión crítica

A-El problema del método

Toda la metodología de la determinación del último fundamento de la Wiederholungzwang es un excelente ejemplo, sintomático de  la dificultad metodológica freudiana. Pero antes de entrar en mérito respecto de la “compulsión de repetición”, pongamos de relieve un texto aún más paradigmático en lo que respecta al problema del método:

“…no he habitado más que en la planta baja y el subsuelo del edificio. Usted afirma que si se cambia el punto de vista, se ve también un piso superior donde se alojan huéspedes tan distinguidos como la religión, el arte, etc… Si todavía tuviera una vida de trabajo por delante, me atrevería a asignar también a esos personajes de alto linaje una habitación en mi casita de una planta”.

Esto se llama en filosofía “inemergencia”, es decir, el intento de explicar algo cualitativamente superior en virtud de algo cualitativamente inferior, por el hecho de que aquello cualitativamente inferior de algún modo “media” y hace posible la realidad de lo cualitativamente superior, de algún modo condicionándolo. Demos un ejemplo actual, el “giro lingüístico” de la filosofía del siglo XX. En el siglo XX la filosofía tomó conciencia de la “mediación” de la palabra como vehículo del pensamiento; inmediatamente, como un péndulo, todas las fuerzas especulativas se dirigieron en dirección a la palabra, porque justamente la palabra como vehículo condiciona la posibilidad misma del pensar. Llegando a decir con el Primer Wittengstein: “Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen” (De lo que no se puede hablar hay que callar), entendiendo por hablar (con propiedad científica) todo lo que sea un uso y atribución directo y no metalingüístico del lenguaje. Anulando de un plumazo positivístico 2500 años de filosofía occidental.

Es mi opinión que con Freud sucede de algún modo lo mismo, se ponen de relieve un núcleo de elementos, ciertamente importantísimos en la explicación del funcionamiento del aparato psíquico del hombre, que median y condicionan la posibilidad de su funcionamiento, y  en virtud de tal mediación se terminan por convertir en una explicación omnicomprensiva de la realidad del hombre. No basta con decir que el psicoanálisis no tiene la pretensión de abarcar la totalidad del ser humano si, finalmente, se termina reivindicando para sí la explicación de los aspectos más “profundos” de ese ser humano. ¿Que significa hablar de lo más profundo del ser del hombre? ¿No es justamente hablar de lo más fundante del hombre en cuanto hombre? Alguien podría responder: “no nos interesa lo más profundo del ser del hombre, que de eso se encargue la filosofía, al psicoanálisis le interesa lo más profundo de la conducta del hombre”. Pero otra vez nos enfrentamos con el mismo problema: la conducta del hombre atañe a la esencia misma del hombre y a su ser libre, que es el último estrato fundante de la persona en cuanto tal. Pretender explicar lo “más profundo” del hombre es, ciertamente, pretender explicar la totalidad del ser humano, no, por supuesto, de un modo cuantitativo o enciclopédico de todas las áreas de desarrollo de las potencialidades del ser del hombre pero, sí, ciertamente, hay una pretensión de explicar la totalidad del ser humano de un modo cualitativo jerárquico y fundante: “me atrevería a asignar también a esos personajes (la religión, el arte, etc.) de alto linaje una habitación en mi casita de una planta”. Tal afirmación, de hecho ¿no es un intento de reducir el edificio del ser del hombre a su plata baja?, ¿qué significa “asignar una habitación en mi casita de una planta” sino encontrar también para estas manifestaciones del hombre una explicación de su realidad desde el punto de vista “profundo” psicoanalítico? Por tanto, si yo puedo dar una explicación de tal realidad “desde mi ámbito” (desde la “casita de una planta”) y es de tal modo exhaustiva tal explicación que estoy en condiciones de hacer habitar tal realidad en mi ámbito, es decir “asignarles una habitación” en mi sistema, entonces necesariamente termino convirtiendo tal realidad (religión, arte, etc.) en un epifenómeno de una realidad más profunda que es el último motivante de la conducta humana y que solo “habita” por derecho propio en mi sistema (“la casita”). Estoy convencido de que toda la interpretación freudiana del cristianismo, como de las religiones (“neurosis universal”), no es simplemente “el punto de vista psicológico” de los fenómenos religiosos, muy por el contrario, la fuerza de gravedad que impone el pretender para sí la explicación de lo “profundo” de la conducta, termina por generar una respuesta omnicomprensiva y superadora de aquello que se propone analizar. Puede verse, por ejemplo, en Tótem y Tabú, que la interpretación freudiana del pecado original excede claramente el límite de mostrar el aspecto psicológico de tal hecho, generando una explicación superadora y, por tanto, omnicomprensiva: “En el mito cristiano, el pecado original del hombre es indudablemente un pecado contra Dios Padre. Y bien, si Cristo redime a los hombres de la carga del pecado original sacrificando su propia vida, nos constriñe a inferir que aquel pecado fue un asesinato. Según la Ley del Talión, de profunda raigambre en el sentir humano, un asesinato sólo puede ser expiado por el sacrificio de otra vida; el autosacrificio remite a una culpa de sangre. Y si ese sacrificio de la propia vida produce la reconciliación con Dios Padre, el crimen así expiado no puede haber sido otro que el parricidio”; como éste, podríamos dar muchísimos ejemplos, pero es necesario aclarar que no me interesa criticar la interpretación freudiana en sí misma, sino poner de relieve que el método impone necesariamente la dirección de una creación sistemática onto-antropológica con pretensión de absoluto, es decir, una casita de una planta en la que se haría convivir, si se pudiera, el resto del universo.

B-El reduccionismo propio de la inemergencia

Habíamos definido la “inemergencia metodológica” como el explicar algo «cualitativamente superior en virtud de algo cualitativamente inferior por el hecho de que aquello cualitativamente inferior de algún modo “media” y hace posible la realidad de lo cualitativamente superior». Tenemos dos elementos y les podemos dar nombres para ser más claros, el elemento A, que es cualitativamente superior y el elemento B, que es cualitativamente inferior. Pero ninguno de estos elementos existe por sí solo, A y B dependen mutuamente de su existencia, B hace posible que A exista, pero no por eso se convierte en cualitativamente superior, por ejemplo, el aire es importantísimo para la existencia de la vida humana, pero no es lo más importante de la vida del hombre; o un ejemplo de mayor intimidad de inherencia, que es más pertinente a nuestra investigación, la palabra hace posible el pensamiento, pero el pensamiento no agota toda su intensidad cualitativa en ser palabra, trasciende la palabra, emerge cualitativamente sobre esta. Por tanto, A y B no pueden existir por separado, ya que A hace posible B y B hace posible A, pero sin estatuir una relación de identidad cualitativa (el pensamiento hace posible la palabra, determinándola formalmente a ser vehículo de las ideas, la palabra hace posible el pensamiento, dándole la concretización material que le hace posible existir de hecho, en otras palabras, volviéndolo “pensamiento encarnado”). Por lo que, si yo activo el proceso de investigación comparativa entre A y B, voy a encontrar que A posee una serie de características propias y B,  por su parte, las suyas. Es por esto que la “situación de investigación” debe ser, en lenguaje kantiano, “sintética”, es decir, “experimental”, en otras palabras, “tocando la realidad de A y B”, puesto que A y B constituyen una unidad, que podemos llamar C, que en su conjunto posee elementos cualitativos que no pueden ser reducidos a sus principios.  De esto se siguen dos posibles errores metodológicos:

* El primero, es querer estudiar analíticamente el problema olvidándose de C y, sin “tocar” la realidad total de C, querer explicarlo por “análisis” de sus componentes. Por el contrario, toda formulación de principios metafenomenológicos (en psicología podríamos cambiar esta expresión por metapsicológicos) debe ser hecha por formulación directa sobre la observación fenomenológica y no sobre el “análisis” de los elementos que componen C, el análisis unilateral de los elementos, sin el permanente retorno a la realidad de C como un todo, termina por disolverla en sus elementos. Perdiéndose, por tanto, las riquezas propias de C como un todo. En Freud el riesgo de la analiticidad es permanente y muy claro, una vez que se ha sustituido el todo del hombre por los elementos metapsicológicos que explican su más profundo funcionamiento, de allí en más, hay una tendencia a hablar más de los principios “substancializados” (inconciente, conciente, ello, super-yo, pulsión, repetición, etc) que de la realidad total del hombre. Demos un ejemplo evidente de este mecanismo en la obra que estamos analizando, en la cual Freud encuentra que la compulsión de repetición “destrona”, por ser más originaria, más elemental, más pulsional (es decir, por constituirse en un principio explicativo más profundo), el principio de placer como aquél que tiene “el imperio sobre el decurso de los procesos de excitación en la vida anímica”. Entonces formula una tesis de orden analítico que pretende seguir “hasta sus últimas consecuencias”: “la hipótesis de que todas las pulsiones quieren reproducir algo anterior”. Por un momento, en todo el capítulo 4, construye todavía un soporte fenomenológico de carácter mecánico-biológico-psíquico de la susodicha tesis, pero en el 5 abandona el cinturón de seguridad fenomenológico para satisfacer su hambre analítica de búsqueda de principios y llevarlo hasta las últimas consecuencias. En nuestro lenguaje, podríamos explicar el párrafo citado en el punto 4  del siguiente modo: Tenemos los seres vivos, que serían C, que se componen de elementos inorgánicos B, y algo que cualitativamente los excede, que es el principio de la vida (o la vida como principio) A; ahora bien, todo lo vivo muere, de modo que B se pone como condicionante de C y de A, no solo como elemento, sino también como finalidad: “La meta de toda la vida es la muerte”. Es decir, que algo que, aparentemente, es una cualidad de B condiciona de un modo absoluto aquello que es C y A, explicándolo. Creo que no puede ser más evidente la dificultad metodológica freudiana, es muy claro que la noción de vida y hasta la noción de muerte dependen de la vida. Si por un absurdo todo lo que existe fuese de cualidad inorgánica, no existiría ni siquiera el vocablo muerte, porque muerte se dice en relación a la vida y adquiere su significado como negación de la positividad de la vida. El caso es más evidente con lo inorgánico, etimológicamente, es negación de la positividad de lo orgánico. Lo que es más no puede venir de lo menos o, lo que es lo mismo, de la nada, nada sale. Freud insiste en que la naturaleza conservadora de las pulsiones aspira a alcanzar un estado antiguo, inicial, que lo vivo abandonó una vez, pero el carácter conservador de la pulsión de repetición solo tiene sentido en el ámbito de un ser vivo en el cual conservar una determinada experiencia traumática. Entonces, para que haya repetición, tiene que haber dos cosas: una unidad viva que sea impresionable para poder conservar tal impresión y tener la necesidad de conservarla y repetirla y, por otro lado, la misma impresión traumática. Pero en el ser vivo no hay “un estado anterior”, en lo inorgánico el ser vivo simplemente no existía, es un engaño de la imaginación proyectar el ser vivo como una construcción mental y pensarlo como existiendo en un estado anterior a la misma vida. Por tanto, si antes de la vida no hay ningún tipo de unidad vital que pueda recibir una impresión traumática, tampoco puede haber repetición de ella. Es cierto que los seres vivos tienen un ciclo y están condenados a descomponerse en sus elementos inorgánicos, pero ni este hecho, ni el hecho de que constatemos en la vida psíquica de esos seres vivos superiores que llamamos hombres una tendencia conciente al autoaniquilamiento, nos autoriza a concluir que la intencionalidad propia de la vida sea la muerte. La observación fenomenológica de todo el resto de los organismos vivos nos desautoriza totalmente a ello, la constatación universal es que la vida procura “autoconservarse” y evitar por todos los modos posibles la desintegración final o muerte. Podrá ser un misterio personal el sentido de la vida, podrá no encontrársele una última explicación, pero lo que ciertamente no se puede inferir es que, tomando el estado inorgánico de los elementos que componen el ser vivo y tomando una parte (que nunca deja de ser parte y no la totalidad) de la vida psíquica del hombre en sus fenómenos autodestructivos, el sentido de la vida sea la muerte. Observamos fenomenológicamente con una evidencia incontrastable que la intencionalidad de la vida es la autoconservación. Ahora bien, que existan elementos inorgánicos que la componen, que exista una ley según la cual los seres compuestos de materia deben desintegrarse, y que existan seres de un nivel psíquico superior que puedan tener conductas contrarias a la vida, no nos permite generar una abstracción analítica a partir de estos elementos y concluir que la meta, es decir, la dirección o intencionalidad u objetivo, de toda vida es la muerte. Obviamente es un mal paso metodológico de abstracción a partir de elementos heterogéneos que no nos permiten tal inferencia.

La intencionalidad de una cosa no puede deducirse a partir de los elementos que componen esa determinada cosa, por ejemplo, el agua está compuesta de hidrógeno y de oxígeno, y no conserva como parte de su naturaleza ninguna de las característica de ambos, siempre el todo emerge cualitativamente sobre las partes, por tanto, para conocer el todo se debe estudiar el todo, y las partes como partes del todo, no como principios explicativos que resuelven omnicomprensivamente la realidad del todo. Si existiese un científico que no conociese el agua y únicamente conociese el hidrógeno y el oxígeno, no podría, sólo en virtud de los elementos, descubrir jamás las cualidades de una posible unión constituyente de un todo: H2O.

Tampoco puede deducirse la intencionalidad de una ley fatal a la cual esa cosa está sometida, porque puede ser extrínseca a dicha intencionalidad, por ejemplo, en la física aristotélica se decía que existía una ley fatal para el estado natural de los cuerpos, y tal era el estar en reposo, pero el estar en reposo es algo totalmente extrínseco al cuerpo en sí mismo considerado, de modo que en el mundo físico las cosas tienden a perder su movimiento porque el contacto y la fricción con el medio material en el que se encuentran disminuyen su relativa energía inercial. Por eso se dice en la física moderna que el estado natural de los cuerpos es de reposo o movimiento rectilíneo uniforme. Con esto queremos mostrar que puede existir una ley que fatalmente se cumple en nuestro contexto, de hecho como decía Aristóteles todas las cosas en el mundo físico tienden a perder su energía inercial y a entrar en reposo, pero aún así permanecer extrínseca a la intencionalidad misma de la cosa a la que tal ley fatal determina, de hecho, la física moderna comprueba que, en el espacio, las cosas con movimiento no tienden a perder su movimiento relativo sino a conservarlo, por tanto no es connatural a las cosas el reposo entendido en el sentido aristotélico, sino que tal reposo le es extrínseco.

Finalmente, no se puede generalizar partiendo de la parcialidad de los fenómenos psíquicos del hombre, que seguramente exigen una metainterpretación totalmente a se y autónoma, a los fenómenos de la vida en general.

* El segundo error es subrayar tanto la importancia de la mediación, es decir, como B es importante para hacer posible A, que A termine disolviéndose en B, y sobre todo, disolviendo sus riquezas cualitativas que solamente tenían su fundamento en A. De este modo, en la filosofía positivística del lenguaje, el pensamiento no es más que palabras. O, en Freud, tenemos la frase de que “lo inconciente es el núcleo del yo”, que no es más que la fórmula que interpreta perfectamente el famoso iceberg freudiano con un diez por ciento visible de lo conciente y con el peso avasallante del noventa por ciento restante de lo inconciente. Por tanto, no es extraño que aquello que yo considero el punto A del hombre, que es su libertad como constitutivo más íntimo de la persona y de su conducta (y según mi opinión también del yo), sea un tema del que se hable sintomáticamente muy poco y se termine disolviéndolo en la batalla de las pulsiones.

En el contexto del libro que estamos analizando tal hecho se evidencia en el rechazo total a una “pulsión de perfeccionamiento”: “A muchos de nosotros quizá nos resulte difícil renunciar a la creencia de que en el ser humano habita una pulsión de perfeccionamiento que lo ha llevado hasta su actual nivel de rendimiento espiritual y de sublimación ética, y que, es lícito esperarlo, velará por la trasformación del hombre en superhombre. Sólo que yo no creo en una pulsión interior de esa índole, y no veo ningún camino que permitiría preservar esa consoladora ilusión”.  La inferencia es clara, si la meta de la vida es la muerte, la intencionalidad de perfección en el ámbito de la vida es una mera ilusión. No hay demasiado para decir al respecto, sin una “pulsión de perfección”, la libertad no es posible, es nada más que una ilusión. Sin una tendencia de perfección no es posible una elección conciente de la perfección, que ulteriormente se convierta en realización plena de tal tendencia, porque lo elegido es más perfecto que lo buscado compulsivamente. Es, también, totalmente coherente con la afirmación freudiana del inconciente como núcleo del yo y con el hecho de que el criterio último por medio del cual se establece la cualidad de principio fundante y explicativo del resto de las realidades es el hecho de ser: “más originaria, más elemental, más pulsional”. Lo que implica que lo último que califica el imperio sobre el decurso de los procesos de excitación en la vida anímica es la simpleza de lo “elemental” y la irracionalidad inconciente de lo “pulsional”. Si lo último que califica y explica la realidad de la conducta del hombre es lo más elemental en el sentido del constitutivo compositivo básico, obtenido por medio de la reducción analítica ya explicada, y, además de ello, el calificativo más profundo es lo pulsional, entonces no queda espacio en absoluto para considerar como lo más fundante de la persona en cuanto tal, la libre y conciente decisión electiva. Dicho de un modo más simple la libertad es una ilusión.

6. Conclusión

Simplemente, la intención del presente trabajo es  mostrar que una metodología implica necesariamente una dirección antropológica en la cual se termina resolviendo y de la cual no se puede prescindir. Ciertamente que el sistema freudiano está repleto de intuiciones brillantes, pero no es menos cierto que el método que impone proviene de una determinada visión onto-antropológica y termina por conducir, a quienes lo asimilan hasta las últimas consecuencias, a la susodicha visión.


[1] Usamos la traducción clásica al español de las obras completas, es interesante agregar que no difiere mucho en este punto tan sensible de la traducción de Luis López Ballesteros: “mucha parte del yo es seguramente inconsciente, sobre todo aquella que puede denominarse el nódulo del yo, y de la cual sólo un escaso sector queda comprendido en lo que denominamos preconsciente”. Es necesario aclarar, por un lado, que tal formulación fue corregida doctrinalmente en una nota al pie de El yo y el ello (1923b), AE, 19, pág. 30; por otra parte, es interesante llamar la atención sobre el hecho de que, en su forma actual, esta oración data de 1921. En la primera edición (1920), rezaba: «Es posible que en el yo sea mucho lo inconciente; probablemente abarcamos sólo una pequeña parte de eso con el nombre de preconciente». Por lo que el agregado del “núcleo del yo” es posterior a la primera edición, lo que aumenta su especificidad e intencionalidad.

[2]Se había vuelto evidente, entonces, que tanto en lo que atañe a «el inconciente» como en lo que atañe a «el yo», la condición de conciente no era ya un criterio valedero para esbozar un modelo estructural de la psique. Por ende, Freud abandonó en este contexto, como marca diferenciadora, la condición de ser «conciente», y a partir de ese momento comenzó a considerarla simplemente como algo que podía adscribirse o no a un estado psíquico. De hecho, no restaba de este término más que su antiguo sentido «descriptivo». La nueva terminología introducida por él fue sumamente clarificadora e hizo posible ulteriores avances clínicos” James Strachey, Introducción al volumen 19 de las Obras Completas.

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