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No quería dejar que el debate se enfríe por mi falta de tiempo, por lo que ensayé una respuesta rápida, a caballo, a la objeción de Beatriz (de quien estoy leyendo con mucho gusto un artículo sobre el tema). Elegí sólo una objeción de las que expone y la puse aquí en orden a favorecer la claridad del debate. Uso un lenguaje ya muy mío, prefiero no ponerme en Tomista, citando que Tomás dice esto o esto otro…, por varias razones, pero principalmente no me gustaría que devenga en un debate sobre el Santo Tomás histórico, aunque sea importante conocerlo a fondo, sino sobre el Santo Tomás que cada uno ha asimilado como el lector más profundo y conspicuo de la realidad y del ser. Diciéndolo de un modo técnico no me interesa el Santo Tomás «quod», sino el «in quo» en el que cada uno entiende ver lo real, el ser, y que, a la postre, ha decidido que es digno de ser asimilado entre las propias estructuras de interpretación del universo.
Beatriz:
Si la voluntad fuese (hipotéticamente) un apetito natural y no racional, siempre querría el bien y encima querría todos los bienes del mismo modo, sin distinguir bienes -fines de bienes que conducen al fin; sin distinguir bienes absolutos de bienes ordenables, etc.
En primer lugar nunca dije que la voluntad fuese un apetito natural, sino preterracional, que es distinto. Preterracional significa que emerge sobre la facultad racional, que contiene en sí un plus de actualidad que no se agota en ser función de la racionalidad ni el mero ciego que dócilmente se deja guiar por el lazarillo. Esto tampoco anula el hecho que toda elección sea mediada por la discriminación racional, necesita de ella obviamente, como mediación, del mismo modo que el hombre necesita de la cultura para poder llegar a ser libre en acto. Por tanto necesita para actualizarse de todas las discriminaciones de la razón, pero el momento electivo en el cual la balanza se inclina para un lado o para el otro de los contrarios, después de todo el proceso discriminativo racional, es actuado por la voluntad, y, ahí, no hay razones que intervengan, es un puro actuarse por sintonía dinámica con el bien presentado por la razón, que es sin-tónico cuando lo elegido plenifica ambos extremos de la sintonía: el sujeto que elige y el universo heteronomo sobre el cual recae la actuación de la elección. Entonces decimos que se ha elegido bien, que se ha elegido según el fin (poniéndonos en el punto de vista de la razón). Pero podría darse que fuese una mala elección y es entonces que voluntad no entra en sintonía con el bien presentado sino que actúa una disonía y asintonía unilateral, que hace oído sordo de la heteronomía de la realidad y propone, de algún modo, al mismo sujeto como única norma del universo. Eso es lo que llamamos obrar mal, o acto desordenado respecto del fin, desde el punto de vista de la razón.
Respuesta calamo currente:
Lo primero en cualquier diálogo es estar de acuerdo sobre los términos. En lo que sigue trato de explicarme.
Sobre “apetito”: 1. el apetito no puede ser más que natural (carece de conocimiento precedente) o elícito ( tiene un conocimiento precedente).
2. Vos reconocés que la voluntad necesita de la mediación de la razón.
3. En ese sentido, la voluntad es “racional”.
Por otro lado, acá están supuestos dos significados de “racional”:
1. Racional como lo que supone algún uso de la razón, o sea, un conocimiento ‘previo’ (no en sentido temporal, necesariamente) a la elección o al consentimiento. Se supone deliberación o discernimiento o conciencia o advertencia , o como se lo llame.
2. racional como “lo que sigue a la razón”: es decir, lo que vos llamás estar en sin tonía con el fin ; lo que yo llamaría elegir lo que conduce (o me parece que conduce) al fin.
En este caso, se puede hablar de obrar según un “sentido”. El que elige lo que no conduce al fin se puede decir que es ‘irracional’ porque contraría la razón como sentido del obrar. Por eso se dice que el mal es ‘irracional’. Porque carece de sentido. El mal no es ‘lógico’.
El otro tema: decís que la voluntad no es ciega que se deja guiar por un lazarillo. Ahí te diría:
1- no es ciega porque la razón le presenta su objeto (que es el bien que naturalmente ama).
2- o también, el no ser ciego puede reconducirse a la inclinación de la voluntad al bien. (inclinación en el fondo sabia porque procede del Autor de la naturaleza). Buscamos a oscuras, en la noche, un bien que presentimos y no vemos. Lo que vemos nos habla de él, pero no es él. En el post de ayer justo hablaba de eso.
(http://contemplataaliistradere.blogspot.com/2011/04/homo-duplex-iii.html)
3- o, inclusive: puede deberse a los hábitos (disposiciones), o sea, a una especie de ‘ya saber qué elegir’ (qué tipo de ‘objeto’ elegir). Claro que esas disposiciones pueden ser virtudes de las cuales brotan las decisiones virtuosas o vicios. Al que no miente nunca no se le ocurre ponerse a deliberar sobre decir ahora una mentira.
Además, hay que ‘sacarse’ la noción racionalista de razón. Razón es Logos, es sentido. Edith Stein (cito repitiendo de memoria a Komar) decía que el espíritu es sentido y vida. La vida según el Logos es una vida llena de sentido.
El otro tema es la “emergencia”. En el hombre hay ‘emergencia’ del alma sobre el cuerpo, de la razón sobre los sentidos, de la voluntad sobre las pasiones, etc.
No puede haber ‘emergencia’ de la voluntad sobre la razón porque ella es apetito racional. La causa de la libertad de la voluntad es la razón. Pero eso no significa que la elección siga las ‘razones’ o argumentos de la razón. Significa que puede elegir ya que se le han presentado posibilidades.
¿Y cuándo la voluntad no sigue las ‘razones’ de la razón? Sigue las ‘razones’ de la pasión, porque lo que se le presenta ‘con sentido’ es lo que la pasión le pide. O sigue las disposiciones ya adquiridas.
Santo Tomás recoge a San Anselmo: poder elegir el mal es solamente un signo de la libertad, pero no es su esencia ni es parte de la libertad misma.

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