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El título que le he dado a este post, La amistad es lo más necesario para la vida, es una frase de Aristóteles en la que él mismo parece escapar de su propio sistema. Parece querer aferrarse a algo vivido experiencialmente más que a una rígida deducción teorética. Hubo un tiempo en que esa firme convicción, que siempre fue mía, aunque posteriormente la descubriese en Aristóteles, estuvo sombríamente oscurecida en mí por un sistema de relaciones artificiales, pretendidamente «sobrenaturales»,  y que, en virtud de esa «pretensión de sobrenaturalidad» y de «bienes superiores», me hizo traicionar, no pocas veces, mi prístina persuasión aristotélico-personal. Tuve el horror de sufrir en primera persona una corrección -¿¿¿fraterna???- porque ponía demasiado el acento en la amistad y en los amigos. Se me dijo algo así como: -¿Por qué le das tanta importancia a esto, si, a final de cuentas, cada uno va a hacer la suya? En aquel momento no tuve energías para responder, supuse que de algún modo querían mi bien, absurda aporía, para poder creerles tuve que usar la convicción que ellos intentaban destruir… No puedo menos que reír y sonreír. Hoy ya sé que el Cielo es AMISTAD (no os llamo siervos, os llamo amigos), hoy ya sé que el Infierno es SOLEDAD (no os conozco).
El texto que ahora les dejo es algo que escribí junto con todos los textos sobre el egocentrismo que he publicado hasta ahora. En ese momento quiso constituir la parte positiva de la negatividad ínsita en la psicología que es la búsqueda del defecto y de la carencia. El egocentrismo es, justamente, el defecto, la falta, el vicio y la carencia de amistad. Sepan disculpar el desarrollo formal y encorsetado de rigurosidad lógica y hasta aburrido, si quieren; hoy lo escribiría de un modo muy distinto. También disculpen cierto resabio de «moral kantiana», cierta pretensión de desinterés absoluto, eran tiempos de juventud, de ideales y de extremismos… que enturbiaban la mirada metafísica del hombre adulto. La metafísica es cosa de viejos, dice Aristóteles, y tiene, en ciertos puntos de vista, tanta razón…
Esta es la primer parte, falta una segunda con las características de la amistad.
P&E
A- La plenificación humana:
Si hay algo que ningún filósofo en toda la historia de la humanidad puede negar es que el hombre es un ser limitado. En medio de esas limitaciones, el hombre posee una apertura esencial para completarse, para poseer aquello que constituye su plenitud. Esa limitación esencial del hombre es, justamente, la raíz del deseo y ansia humana en la búsqueda del objeto, o de los objetos, que constituyen justamente esa plentud. El deseo de plenitud, además de la limitación como condición negativa, surge de esa apertura ontológica por la cual el hombre, respetando los límites que impone su misma naturaleza, completa o intenta completar todo aquello para lo cual se siente o se sabe capaz de aspirar como parte integrante de su plenitud.
Esas cosas que nos plenifican, normalmente, las llamamos bienes. Pero, en el hombre  tenemos dos modos distintos de ser plenificado o completado.
El primero por la posesión de las cosas que consideramos plenificantes. Así, nos plenificamos cuando poseemos la comida que necesitamos, la ropa adecuada a nuestro modo de vida, la educación necesaria, etc. Esas cosas que poseemos, de algún modo, pasan a ser algo que es parte nuestra, que nos pertenece, que nos está subordinado de un modo absoluto. Por eso, en definitiva, la relación que establecemos con ese tipo de bienes es de uso, porque jamás nos interesan en sí mismos, sino única y estrictamente en la medida en que nos plenifican y son medios de esa plenitud.
El segundo modo de plenitud del hombre es aquél por el cual no busca principalmente el bien para sí mismo, sino para otros. Esos otros que comienzan a formar parte de la plenitud del hombre no son simplemente subordinados al bien personal sino que la plenitud del hombre acontece de un modo cualitativamente distinto, no poseyendo en el sentido estricto de la palabra, sino deseando el bien de esos otros en sí mismos. Esos otros no son medios de la plenitud personal, sino que la plenitud personal se desenvuelve tomando el bien de esos otros como fines en sí mismos. El padre se plenifica siendo padre, es decir, procurando el bien de los hijos, no simplemente como una subordinación de intereses, esperando el bien que obtiene de tener buenos hijos. La esposa se plenifica siendo esposa, es decir buscando el bien del esposo, más allá de si de esto obtiene algún beneficio para sí, cosa que normalmente sucede. El ciudadano se plenifica siendo buen ciudadano, es decir contribuyendo desinteresadamente al bien de la ciudad, aunque, ciertamente, en una segunda instancia, se beneficie por el hecho de vivir en una sociedad ordenada. Hay en el hombre una apertura ontológica a plenificar a otros, que lo plenifica a él mismo, en la medidaen que conserve rigurosamente el orden de esa relación desinteresada, es decir, procurar, primera y desinteresadamente, el bien en sí mismo del otro para que, después, y como una consecuencia de esto, suceda una comunicación de bienes. Si se invierte el orden, la relación deja de ser desinteresada, y el otro deja de ser otro y comienza a ser algo. Es decir, deja de convertirse un fin para ser algo que puede ser usado como un medio para obtener otra cosa.
El hombre posee esta apertura ontológica de plenificar a otros, porque es un ser netamente social. El hombre no llega al mundo ni se desenvuelve en él como una mónada absolutamente aislada en sí misma. Desde que nace, el hombre posee el sentido de manada, de no ser destinado a enriquecerse en el más absoluto de los aislamientos, sino en la riqueza de un tejido social. Este sentido social en el hombre crea una especie de solidaridad con los de su misma especie, llegando a desear el bien para esos otros que comparten su situación ontológica y existencial y hasta, por qué no, sus mismas limitaciones y desgracias. Esa solidaridad no es un mero deseo, se convierte en responsabilidad por el bien del otro. Ese sentido de responsabilidad se comporta como una clave característica de quien tiene un sentido de vida auténtico. Esto, porque nadie se siente obligado o responsable frente a aquellas cosas que usa como medio, nadie se siente responsable, es decir, con obligación de dar respuesta, frente a la ropa, comida, o libros. Esos medios simplemente se usan en la medida en que me sirven. Y si tengo que usarlos “responsablemente”, nunca esa responsabilidad es frente a la cosa misma, sino frente a mi propio bien o el bien de otros. De las cosas, simplemente, exigimos que se ajusten a lo que necesitamos. Ahora bien, si una persona no se siente absolutamente responsable frente a nada ni a nadie, entonces, simplemente, usará de todo y de todos como cosas, exigiendo que se ajusten estrictamente a lo que él necesita. Porque, evidentemente, no hay otro fin en la vida de esa persona sino la satisfacción de los propios intereses. Entonces no es extraño que ese tipo de personas no esperen nada de la vida, porque justamente hicieron desaparecer lo mejor que la vida les puede dar, que es el sentirse responsable por la plenificación de otros, y, en esa responsabilidad, encontrar la propia plenificación. Porque de algún modo el bien del otro se convierte en el propio bien. Justamente, porque el hombre sólo puede sentirse completo y realizado, si además de poseer y usar todo lo que necesita, se encuentra en medio de relaciones sociales que lo plenifican: una familia plena, un matrimonio pleno, una sociedad plena.
Ahora bien, de todo el conjunto de posibles relaciones sociales desinteresadas, o de no uso, existe una que específicamente se comporta como el arquetipo o como la expresión más elevada de todas esas relaciones desinteresadas, y es aquello que todos los cantos, poesías y expresiones artísticas de la cultura de los pueblos de toda la historia humana han llamado en sus diversas lenguas con el nombre de amistad. Lo que es propio del amor de amistad, de algún modo, se da en todo tipo de relaciones desinteresadas, por lo que se hace necesario que investiguemos su naturaleza aisladamente.
B- La amistad, plenitud del hombre dadora de sentido.
En un texto notable, Cicerón nos dice: “Entre las muchas y mayores ventajas de la amistad, la mas preciosa, ciertamente, es la de darnos confianza en el porvenir y no dejar que nuestros ánimos pierdan el coraje o se abatan. Porque aquél que mira a un verdadero amigo, mira otra imagen de sí mismo. Gracias a la amistad, los ausentes están presentes, los pobres son colmados, los débiles son fuertes, y, lo que es difícil de decir, los muertos viven: viven en la honra, en la memoria, y en el dolor de los amigos. Por tanto, la muerte de ellos parece feliz, y la vida digna de honra. Porque si extirpases de la naturaleza de las cosas la benevolencia y la amistad, ni los hogares, ni las ciudades podrían subsistir; ni los mismos sembradíos permanecerían”[1]. Aunque con reverencia, es necesario comentar este texto. Notablemente, se coloca una función fortalecedora de la sicología humana en la amistad: no deja que nuestros ánimos pierdan el coraje o se abatan. Cualquiera, sin necesidad de leer a Cicerón, ha experimentado en la vida, la necesidad de los que ama en los momentos difíciles o de sufrimiento. Esto se da porque, justamente, estos que amamos son los que constituyen, en concreto, el sentido de la vida de los hombres. Y en los momentos de sufrimiento necesitamos reafirmar las cosas que justifican la vida. Estos que amamos pueden ser, en algunos casos, otros hombres, una obra por medio de la cual deseamos el bien a otros hombres, o, en última instancia, Dios. Por eso, con la cercanía de los que amamos el sentido de la vida del hombre renace, porque su capacidad mayor de plenificación se pone en movimiento. Restituida la meta humana, se restituye la esperanza, y por eso la amistad nos da confianza en el porvenir. Chesterton gustaba decir que en las cosas del hombre, desde el comienzo de la historia de la humanidad, con Adan y Eva, jamás uno más uno fue igual a dos. En la presencia del amigo el débil se hace fuerte, las fuerzas humanas y sicológicas del hombre se multiplican exponencialmente, no se suman simplemente para dar dos. Todo esto porque el amigo verdadero es una expansión del propio ser, otra imagen de sí mismo. Pero no es una expansión de cualquier naturaleza, sino una expansión por sintonía o resonancia. Sabemos que en física hay un fenómeno por el cual un ejército que esté en marcha puede destruir un puente, porque la marcha del ejército entra en resonancia con la frecuencia que necesita el puente para ser destruido. También es sabido que una suave brisa constante puede destruir los grandes puentes que el hombre realiza, con tal de que esa brisa sea de la magnitud exacta para entrar en resonancia o sintonía con el puente. Es exactamente el mismo efecto cuando queremos derribar un árbol que tiene las raíces flojas, empujamos cuando el árbol vuelve naturalmente a su posición y aprovechando la fuerza del envión, lo llevamos hasta el punto límite contrario, hasta que se detiene en el extremo y empujamos de nuevo, en el sentido contrario, aprovechando la fuerza natural. Si esto se hace desacompasadamente, más rápido o más lento que el ritmo natural, es imposible derribar el árbol; entrar en sintonía o en resonancia con el árbol significa aprovechar su ritmo de movimiento natural para obtener un resultado muy por encima del que podrían obtener nuestras fuerzas aisladas. Con la amistad sucede otro tanto, las fuerzas de los amigos se multiplican exponencialmente, porque son dos seres que se expanden porque justamente entran en resonacia. Uno plenifica al otro, uno crea en el otro, y esto redunda en la voluntad del plenificado de plenificar al primero, que a su vez desemboca en un mayor deseo del primero de plenificar al segundo, y así se activa una especie de “círculo virtuoso” o resonancia espiritual y anímica. La resonancia de los amigos es como dos apostadores enloquecidos, que apuestan, no para ganar ellos mismos, sino para que gane aquél que está enfrente. Uno apuesta una suma, el otro recibe la apuesta y la levanta, apostando más todavía por el contrario y así indefinidamente. Si alguno de los dos introdujera el concepto del egoísmo en algún punto y decidiese cobrar la apuesta y no apostar más por el contrario, entonces, ese círculo virtuoso de amistad se rompería, dejaría de existir, teniendo menos en definitiva, porque ya no cuenta con las apuestas del amigo sobre sí mismo. Esto  en razón de que “la verdadera amistad es más rica y abundante, no mide meticulosamente si dio más de lo que recibió. Pues el amigo no debe temer si lo que da se pierde, o si siembra sin recoger, o si va demasiado lejos en sus servicios[2]. Esas personas que miden meticulosamente lo recibido del otro para responder en el mismo grado pierden la espontaneidad propia de la amistad. La amistad deja de ser amistad para volverse matemática. Por eso son incapaces de tomar la iniciativa respecto del amigo, y su amistad se vuelve un egoísta reflejo condicionado. La apuesta del amigo es siempre mayor que todos los bienes recibidos del amigo. Y, porque es mayor, es un riesgo, nadie sabe si esa apuesta va a ser correspondida. Por eso quien no toma la iniciativa se comporta simplemente como alguien que no quiere arriesgar. Quisiera disfrutar del bien de la amistad pero no quiere correr el riesgo de que su amor se pierda, de ser herido, de ser vulnerado.
Finalmente, nos dice Cicerón que nada de aquello que los hombres consideran como bueno: hogar, sociedad y, poéticamente, hasta sembradíos, existiría, si no existiese, al menos ampliamente, esa relación desinteresada que llamamos amistad. Aquello que Aristóteles con simplicidad decía: “La amistad es lo más necesario para la vida… …no solo es algo necesario, sino algo hermoso[3].


[1] De amicicia, VII.
[2] CICERÓN, De amicicia, XVI.
[3] In Eth., VIII.

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